Para aquellos lectores que desconocen los detalles de la existencia de los indios chilenos, su población en el siglo XVI, cuando sucede nuestra historia, estaba integrada por 17 grupos. Los Aimarás, Atacameños, Diaguitas, Changos, Pascuenses, Picunches, Pehuenches, Mapuches, Cuncos, Huilliches, Puelches, Poyas, Tehuelches, Conos, Qahuashqars, Yaganes y Onas.
Los indios "chilenos", eran mayormente cultivadores de tierra y mar. Para los españoles fué fácil invadirlos y conquistarlos cuando venían hacia el sur de América desde el virreinato del Perú. Pero, cuando llegaron a pocos kilómetros del río Itáta, por el norte araucano y hasta las riberas del río Toltén, en el corazón del sur de Chile, "se encontraron con el grupo más bravío y más indómito que haya producido la tierra ". Los mapuches eran los únicos indios extrictamente guerreros dentro de la población de esos tiempos." (Lope de Vega.)
Eran "amantes de la libertad en exceso, despreciadores de la vida cuando se trata de la conservación de la patria, animosos e intrépidos en los peligros, fiel a los contratos, hospitalarios en sus casas, generosos de sus bienes...aman lo que cree que es virtud, como el coraje, la zagacidad, el secreto, la astucia, la ciencia militar, el amor a la patria, el odio a todo género de servitud..." (Felipe Gomez de Vidaurre)
" No solo resistieron el señorío del Inca, sino que jamás quisieron admitir rey, ni gobernador, ni justicia de otra nación, prevaleciendo entre ellos la voz de la libertad..." (Diego Rosales.)
" Vivian en grupos pequeños de seis a diez rukas. En el siglo XVI existían 227.500 de ellos, de los cuales unos 45.000 eran guerreros de profesión". (Horacio Larraín.)
Los españoles no fueron los únicos en querer conquistar a los mapuches. Los Incas tambien trataron de hacerlo. Su título oficial es "Mapuches", que significa "hombres de la tierra". Su idioma es el "mapu-dungun" que se traduce como "lengua de la tierra". Pese a que en el lenguaje original se llamaban "Arauka" o guerreros, fueron los españoles quienes les tildaron de araucanos.
En el principio de nuestra historia los mapuches estaban desesperados, molestos, confundidos con la invasión castellana. Sus cosechas habían sido mermadas por las largas y violentas escaramuzas españolas que obligaron a sus dirigentes de la defensa araucana a replegarse hasta la Cordillera de Nahuelbuta, para buscar una solución al problema.
Llanklun Tralkapulli,
"Inchi Leuturu,
apumbin ta pu huinca."
"Yo soy Lautaro, el que desplazo de nuestra tierra a los Conquistadores"
CAPITULO 1
El hijo de Curiñanco.
El sol de verano llevaba varias horas de haber salido por sobre las altas arboledas de la Araucanía pero aún no estaba al centro de aquella mañana tan especial.
Mirando a lontananza, casi en la cima de una pequeña loma que dejaba atrás a su aldea mapuche en aquel sector, un hombre maduro, en perfecto estado físico aparente, pelo largo con sienes comenzando a blanquear, se veía impaciente, intranquilo, quizás preocupado pero siempre en total posesión de su mente ágil y de su personalidad entera. Estaba como esperando que alguien apareciera en la lejanía, portándole ese documento extremadamente importante para su vida de dirigente civil dentro del grupo de araucanos viviendo allí.
Era Atapail Tralkapulli Paimillén, guerrero de corazón, dirigente innato.
¡Siempre había sido guerrero!
Atapail esperaba que, de un momento a otro, apareciera en el horizonte el Cona o mensajero especial, portando aquella flecha ensangrentada, sinónimo de lucha, y el Cumprón que en sus nudos de lana colorada le indicaría el día en que debería acudir a la reunion del Consejo de Guerra, encabezado por el Gran Cacique, el Toqui Colocolo.
Indudablemente que eran tiempos difíciles para los nativos de Arauco. Hombres extraños, individuos sin ningún interés útil para el aborígen local, habían venido desde muy lejos para violar la selva, humillar y maltratar a sus mujeres.
Así lo veían los mapuches.
Peor aún. La verdad era violentamente cruel en ese momento. La raza se veía esparcida, derrotada casi por completo, hambrienta como consecuencia de la pobreza causada por el vandalismo de los castellanos. Los españoles llevaban, ya, un buen tiempo en la conquista en su querida tierra. Tal véz, demasiado tiempo. Y eso era más que doloroso para él. Era incomprensible. ¡Inaceptable!
---" Cualquiera que sea su costo, en dolor o en vidas, hay que pagar el precio. ¡Hay que detener a la insolente intrusión del huinca extranjero!", pensaba el Jefe Indio.
Su sabiduría en cuestiones generales y su predisposición en contra de los invasores, ayudarían positivamente a la raza araucana. Estaba dispuesto a prestar sus servicios tal como lo venía haciendo desde jóven. Varias razones importantes y útiles para su Nación, le distinguieron siempre de los otros hombres en la aldea. Su conocimiento linguístico, su ideología religiosa y su espíritu de independencia eran los factores únicos que le caracterizaban desde niño.
Hablaba bien el Chili-Dugu, derivado del Mapu-Dungún, idioma que los mapuches perdieron paulatinamente con el progreso de la conquista española. Esto, le permitiría conversar directa y francamente, en un diálogo constructivo e informativo con el Gran Colocolo. Durante aquel Consejo de Guerra, le ofrecería algunos de sus pensamientos sobre cómo enfrentarse a los castellanos.
Indudablemente que también estaba a su favor, aquello de hablar relativamente bien, de manera más o menos fluída, la lengua de los españoles. Y la había aprendido gracias a su astucia de ignorar pequeños traspasos que, con sólo ésa única intención, permitieron a que un reducido grupo de sacerdotes españoles e italianos efectuaran sus ritos religiosos tratando conseguirlo, la conversion al catolicismo de los hombres de su aldea, posteriori a la llegada de los Conquistadores. ¡Por lo menos, los dejó hacerlo por un tiempo corto!
Para Atapail la realidad era simple, clara y mucho más profunda. El aspecto ideológico y religioso siempre le fué importante. Mientras que su actividad cívica le permitía, no sólo ver las cosas desde un ángulo superior al araucano dedicado a cuestiones caseras y familiare, sino que le colocaba en una órbita exclusiva desde la que podría aplicar libremente las consecuencias positivas o negativas de su valiosa experiencia con los enemigos.
En el aspecto religioso y siguiendo con la tradición de sus antecesores, creía fiélmente en la existencia del Pillán como creador de la naturaleza. En su condición de Dios y desde su principio, había determinado que los araucanos eran los únicos poseedores del derecho a ocupar aquella habida entre las orillas del Río Itata, más allá del Bío Bío, y hasta el Toltén.
Desde el punto de vista cívico, quizás como consecuencia directa de su idea religiosa, Atapail Tralkapulli Paimillén era ampliamente conocido por su actitud premeditada en contra de los invasores de su bella araucanía. Esto y lo otro, le llevaron a ocupar uno de los cargos más importantes en la vida diaria de su comunidad indígena.
Tenía esos pensamientos in mente cuando el esperado momento llegó en la forma de un indio muy jóven, extremadamente alto, flaco pero fornido.
El mensajero trotaba lentamente cuando arribó a la ladera de aquella colina frente a su villa. Juntos, entónces, la desendieron y caminaron hasta la ruka especial del Cacique.
Parecia ser el último en aquella lista memorizada por ese pobre indio cansado a consecuencias de llevar más de una semana corriendo por senderos misteriosos, montañas escondidas y valles repletos por la selva típicamente araucana. Sin muchas palabras, le entregó la flecha ensangrentada y el manojo portando el tan deseado Cumprón.
Atapail le observó por unos segundos. Luego, le devolvió la flecha como símbolo de su aceptación del mensaje. Seguidamente, le acompañó hasta la parte trasera de su choza, le ofreció unos cuantos katutos (pan original a base de trigo natural) otros pocos ponu con iwinchasi (papas con sal tostada en manteca), un mudai (bebida de maiz sin fermentar) y le reunió un poco de ofida pichi (cordero),de la cena anterior, unos trozos de milkao (pan de papa) y un jarron de mate para su viaje de regreso hasta la aldea donde Colocolo esperaba impaciente los resultados de su viaje. Aquel hombrecito, había visitado a más de una veintena de futuros comensales al Consejo.
Ese atardecer, cuando el mensajero se preparaba para la partida, Atapail se le acerco y le pidio que llevara su mensaje a Colocolo.
---" Gracias mai! Al'un manumkefiin konempanieteu pu piuke meu." ("¡Gracias! Mucho le agradecemos a usted por acordarse de nosotros.")
El hombre se fué esa misma noche.
Por su parte, partiría al día siguiente en compañía del hijo mayor, Llanklun Tralkapulli. Era especialmente importante que el jóven araucano conociera de cerca a los grandes dirigentes de su Nación. De ello. dependi no sólo el futuro de su primogénito sino que, posiblemente, el de toda su familia.
Para estos efectos, el Cacique reunió a varios de sus hoimbres importantes y junto a varios sirvientes de la tribu iniciaron el largo viaje en búsqueda del inicio que originaría la liberación final. Eran una comitiva de ocho guerreros importantes, casi dieciseis hombres para la protección del grupo, otros cuatro mapuches prominentes, conocedores a fondo de diferentes aspectos en la idiología mapuche, tres mujeres dedicadas a los quehaceres generales y dos guías de confianza.
Cabalgaron por varios días. Llevaban solamente lo estrictamente necesario para la manutención, algunos costosos regalos y otras pequeñeces sin importancia.
Al arribo, fueron recibidos por el propio anciano Colocolo. Los recién llegados se acercaron con respeto al venerado Cacique. Atapail, entónces, se quitó la cabeza de un zorro que llevaba como sombrero y le miró a los ojos.
---" Fachi antu melen mu mai ni witrapan, petu mai ta nenaitukeeyu kimn meu", (" Hoy hemos venido, pues, a parar aqui en tu casa para expresarte nuestros buenos deseos") le dijo.
---" Kumei mai taninenaitufel" ("Que bien que hayas tenido ésta consideración conmigo"), contestó Colocolo. Miró al resto de la comitiva y, ante su presencia, Atapail se los fué presentando. Los nombrados saludaban cariñosamente al Cacique. Unos le entregaban sus regalos y otros, seguían su camino para reunirse a un grupo en el que los Lugartenientes del Gran Cacique les iban informando el nombre, cargo y rango de cada uno. A su término, todos ingresaron a la fiesta con un espíritu de hermandad, compañerismo y gran respeto mutuo.
En un momento determinado, Colocolo se retiró al interior de la ruka ocupada por todos sus invitados sentados alrededor de una hoguera, a la que un chaman o sacerdote echaba yerbas esporádicamente.
El Consejo había sido postergado a la espera de Caupolicán, conocido entre sus compatriotas como " El Señor de Pilmaiquén." Pero, lamentablemente, el tiempo avanzó demasiado. La espera se hizo imposible y todo debió iniciarse tan sólo con los presentes.
En la reunion estaban los más preciados hombres de la guerra mapuche: El audáz Tucapel, Elicura, Ongolmo, Lincoyán, Angól, Cayocupil, Lemolemo, Purén y otros.
Uno por uno fueron saludando al conocido Atapail, a su hijo y a los miembros de su comitiva. Los esperaban con atención especial para escuchar sus opiniones y consejos. El último en hacerlo, fué un jóven macizo e inteligente, mocetón de 19 años, vistósamente arreglado para la ocasión. Esperaba silenciosamente su turno para estrecharlos.
---" Inche Leutaru..." ("Yo soy Lautaro...") dijo el hijo de Curiñanco sonriendo sinceramente a sus interlocutores. Se detuvo frente a Atapail, le sonrió graciosamente y tomándole el antebrazo le dijo:
---" Femmen mai ni felepran". (" Asi es, pues, estoy sin novedad")
---" Ah!...Feyerkei mai!" ( "Ah!...Asi es, pues!") agrego Lautaro con una sonrisa amplia y agradable
-- " Ngepei mai felen, kumelen tami kunul, tami pu peni, tami pu malli?" ( " Que bueno que estés bien...¿Tu familia, tus hermanos, tus sobrinos?") agregó finalmente.
Después, hubo silencio. Lautaro, entónces, tocó el hombro derecho del jóven Llanklun Tralkapulli y se detuvo unos segundos, mirándolo con respeto. Le sonrió cariñosamente otra vez.
---" Kumeleimi, n'ai ppeni? ( " Estas bien, hermano?") le preguntó en el típico saludo, mirándole a los ojos. Apenas lo hubo hecho, hizo una jenuflexión de cabeza y se fué.
Colocolo había entrado y estaba en medio del Consejo de Guerra, cerca de la inmensa hoguera a la que un sacerdote de su tribu continuaba lanzando hierbas que producian un espeso incienso.
Al terminar la totalidad de la ceremonia, que duró unos cuantos días, Lautaro, resultó ser el elegido por todos los Caciques de la Nación de Arauco. El indio participó en las declaraciones que sobre sus hazañas habían hecho todos los demás. Más tarde, narró sus experiencias en la caballeriza de Pedro de Valdivia, ofreció ideas para nuevos armamentos y, finalmente, les relató sus planes para la guerra e hizo especial hincapié en lo que esperaba de sus subordinados.
El silencio de todos fue roto por el sacerdote encargado de las ceremonias, quien untó sus dedos en un vaso con sangre, se acercó al jóven mocetón y le hizo una marca en la frente.
Ese amenecer Lautaro, hijo de Curinanco, fué oficialmente designado Gran Toqui General. Fué el propio Caupolicán quién le cortó el pelo, a la altura del hombro, con un cuchillo largo y fino que sacó de su cinto. Su acción significó que convertía a hombre en el Gran Jefe de la guerra araucana contra los invasores castellanos.
Después hubo una fiesta que duró ocho días.
Al final, todos regresaron a sus provincias para organizarse y en cuestión de días el jóven General contaba con cuarenta mil guerreros a su disposición.
Comenzaba, así, el contra-ataque araucano.
CAPITULO 2
El cambio ofensivo.
Pasaron varios años en los que Arauco vivió profundamente la guerra entre sus patriotas mapuches y los invasores españoles. Los araucanos tuvieron muchas victorias sobre los castellanos que, desconcertados por las geniales maniobras de sus enemigos, vivían en ascuas, casi a escondidas.
No fueron del todo vencidos pero siempre desconcertados y humillados por el poder militar de los mapuches, movilizando sus tropas por toda la región sur, sin saber cómo, donde ni a que hora, se encontrarían con los valientes nativos. Fueron testigos de cambios radicales entre sus enemigos. De simples indíenas desorganizados, los vieron convertirse milagrosamente en un cuerpo brillante de soldados bien uniformados, con armas nuevas e ideas dignas de los mejores ejércitos europeos.
Hasta había veces, en que ambos lados no podían creer el rápido avance organizativo.
Todo comenzó con escaramuzas planificadas por Lautaro, quién las mezclaba con algo que en la actualidad se conoce como "guerra fría" y que no era otra cosa que informaciones falsas transmitidas por su grupo de espías para desorientar a los huincas, como les llamaban.. Más tarde destruyeron fuertes como el de Tucapel, despoblaron ciudades como Concepción, tuvieron victorias brillantes como la de Marigueñu, batallas como la de Purén, etc. etc.
Sus comandantes vieron con incertidumbre el nacimiento de nuevas armas. Una de ellas fué el garrote para arrojar, que los indios lanzaban a las patas de sus caballos para obligarlos a desmontarse y pelear cuerpo a cuerpo. También vieron la creación del Huachi o lazo, comprendido por un palo de coligue, de unos cuatro metros, con una lanza en su extremo.
Después de conocerlos combatiendo a pié, les vieron montando caballos españoles que recogían al término de las batallas. Y lo peor del caso vino luego. Los indios aprendieron con rapidéz inesperada el arte de la guerra montada, creando la caballería armada y convirtiéndose en expertos, de la noche a la mañana. Más aún, crearon la infantería a caballo que consistía en llevar a un jinete al anca, apeándolo en medio del sitio adonde más lo necesitasen.
¡Otra novedad!
Centenares de españoles murieron en hoyos cubiertos con ramas en cuyos pisos se escondían filudas estácas que ensartaban a los soldados reales y sus bestias los que morían violenta y cruelmente en medio de gritos de dolor. Fueron testigos, además, de lo que se conoció como "la retagurdia", usada exitosamente hasta el día de hoy por todos los ejércitos del mundo. Encontraron, también, que los guerreros araucanos se comunicaban usando su kulkul o un kultrun y que, al sonido del instrumento se movilizaban, cambiaban la técnica de combate, se retiraban y entraban nuevos refuerzos, etc.etc.
Y todo esto, lo hacían con la misma precisión, diligencia, entusiasmo y cariño que tienen los bailarines del más renombrado ballet internacional de nuestros dias.
Siempre se mantenían frescos y descansados hasta en las más árduas batallas. Peleaban en batallones que eran reemplazados cada cierto tiempo por hombres descansando tranquilamente detrás del campo de batalla, entre los arbustos de la espesa araucanía.
Uno de los aspectos primordiales de su poderío en la conducción de ejércitos, fué la creación de un batallón especial dedicado, única y exclusivamente, a esconder los botines obtenidos después de cada campaña y evitar, así, la tentación de codicia entre sus hombres.
Pero,¡Tenían un problema mucho más serio!
La mayoría de las victorias europeas se concretaban al término de cada batalla. Si los Conquistadores perdían, los perdedores aceptaban ese hecho y regresaban a sus cuarteles para preparar la acción siguiente. Pero si los mapuches ganaban¡De todas maneras los españoles triunfaban! ¡La razón era muy simple! Nuestros indios tenían el serio problema de que, al finalizar los combates, celebraban el triunfo con grandes borracheras. ¡ Los europeos contaban con ello!
¡La táctica era muy fácil! Los perdedores se eprovechaban de la torpeza mapuche para obtener el triunfo final. Entónces, era el momento preciso para el contra-ataque. Regresaban al campo de batalle y, sin mayor esfuerzo, los despedazaban con sus armas. Ahora, no luchaban contra un ejército triunfador y poderozo de la Gran Araucanía, sino que contra un gran grupo de indios borrachos.
¡Lautaro estaba conciente del problema! Y es por ello que luchó abiertamente para combatir estas las grandiosas borracheras inútiles y peligrosas.
Pero al márgen de ésta situación que contaba con toda la atención del Cacique, ¿Como podían los araucanos, indígenas viviendo en un mundo que aún desconocían los extranjeros, copiar todas estas maniobras militares usadas por los grandes ejércitos de la vieja Europa? Las comunicaciones eran de una lentitud increíble, una simple informacón o un detalle muy importante, se demoraba semanas en llegar a unos pocos kilómetros de distancia, y meses en arribar a cualquiera costa del Viejo Mundo. Copiarera, simplementeimposible para los mapuches. Sin embargo, ¡La respuesta es simple!
¿ Era, acáso, la inmensa necesidad de los ejércitos nativos de eliminar a los invasores? ¡Posiblemente! ¿ Era, acáso, la increíble creatividad del jóven Lautaro, que parecía no tener límites? ¡Exactamente! ¡Eso era! Porque el hijo de Curiñanco lo planificó así, desde el principio, en el momento mismo en que delineó sus planes de ataque y segundos antes de ser elegido como Gran Toqui. Fué allá, en el Gran Consejo de Colocolo.
CAPITULO 3
Llanklun Tralkapulli.
Los descendientes de los viejos curas católicos viajados a la Araucanía durante las primeras apariciones españolas de Don Diego de Almagro, pasada la segunda parte del ano 1500, le habían bautizado como Pascual. Era más fácil para ellos. Era más cristiano, decían. Pero el verdadero nombre de Pascual era Llanklun Tralkapulli.
Nació en los primeros días de aquel fresco otoño, en Abril de 1531, en un loy o aldea india muy cercana al río Bío Bío. Eso, lo hacía un mapuche muy diferente a los picunches de la zona central, los pehuenches, los puelches de la cordillera andina y a los huilliches que habitaban el sur de la naciónchinchilena.
Su padre, Atapail Tralkapulli Paimillén, era de arraigadas costumbres mapuches. Su madre, Shani, una mujer excepcionalmente vigorosa como la gran mayoría de las matronas araucanas, era la unendomo de su hogar. Es decir, era la esposa original y principal encargada de supervisar a que las otras 17 cumplieran con las funciones laborales diarias, la recolección de leña y, en fin, todas las amenidades previas y derivadas de las cosechas anuales.
Ambos adoraban al joven Llanklun, el primogénito.
Atapail insistía vigorosamente en que el jóven debía ser, considerarse y, por ende, formarse únicamente en la cultura mapuche. Hizo todo lo posible para obtener su objetivo. Desde un principio comenzó a inculcarle sus ideas indias, las que el niño absorbió con la típica rapidéz de su edad. Desde aquel día en que Llanklun dijiése su primera palabra en mapuche, el padre comenzó a hablarle de su raza, a exponerlo frente al público para acostumbrarlo a la multitud, a desarrollar una buena memoria que más tarde le sirviera en sus cuestiones bélicas, a mantener una conversación entretenida, modales de guerrero, etc., etc.
Todo esto sucedía ante la impaciencia de la madre que deseaba una vida más tranquila, mas hogareña, más social para su primogénito. Quería que no sólo conociera la vida de esfuerzo que llevaban los araucanos sino que, también, supiera de algunas costumbres en las otras razas. Le relataba historias de mapuches viviendo al otro lado de las inmensas montañas y de aquellos indios habitando valles mucho más al norte. En cada oportunidad le presentaba gente diferente y viajeros venidos de tierras lejanas, aspirando a que Llanklun conociera de todo un poco.
Shani tenía el mismo calibre patriótico de su marido pero...si había pehuenchess, picunches y huilliches...por que no podría haber otra clase de tribus detrás del horizonte, de las montañas, del otro lado de los cerros o mas allá de los changos ocupando la tierra seca del norte?
Hacía muchos años, cuando su padre aún vivía, un indio venido desde muy lejos apareció cierto día en su aldea araucana. Dijo ser de la tribu de los Diaguitas y llamarse Chinaluenco. Cuando le preguntaron, contestó que llevaba muchos meses caminando en búsqueda de su hermana mayor, desaparecida misteriosamente y de la que se dijo habría huído con un guerrero viviendo muy lejos, por allá por donde nacen los grandes árboles y en el sitio donde los indios solo piensan en la guerra.
En ciertas oportunidades relató su vida entre los Picunches.
---" En mi venida por estos lados estuve en caseríos con nombres extraños", dijo, " Puangue, Guechuri, Mallarauco, Ñuñoa, o Macúl", manifestó el forastero, agregando de sus andanzas por Maipo, Codegua, Rancagua y Carén.
---" Más arriba de donde estamos ahora, pues, hay un gran río que los indios nombran Mapocho", contaba Chinaluenco, "el Gran Cacique se llama Quilanta de Vitacura y dicen que viene de unos indios que se hacen llamar Incas, por allá por las grandes montañas de arriba. Son muy ricos, tienen muchos animales y grandes tierras con inmensos cerros y ríos caudalosos que hacen pasar de a poquito, en acequias, por las siembras".
---" Pero los españoles ya estuvieron allí y se llevaron todo para su tierra. Los indios están muy tristes y no quisieron pelearles. Por nuestros valles también anduvieron, pero no les hicimos caso. Nosotros somos trabajadores de la tierra y poco sabemos de guerras. Nos dejan tranquilos hasta cuando no les damos algo de nuestras cosechas. ...", hablaba el indio con cierta tristeza.
Shani y sus amigas estaban fascinadas con esas historias de Chinaluenco y, desde aquel día, supo que los valles más allá del horizonte estaban realmente habitados por otros indios que no fuesen mapuches. Eso, para ella era importante y Llanklun debía saberlo. Por ello es que insistió en que su primogénito debía conocer de otras culturas.
También se las relataba a Atabail, quién se las guardaba en su mente para ocasiones especiales. Apreciaba el gesto de su mujer. Las usaba en sus conversaciones con amigos, en sus estrategias políticas, en sus discursos públicos y en otras cosas relativas a su cargo cívico.
De manera que cuando los curas católicos llegaron al lugar, quiso también que el muchacho aprendiera algo de estas gentes. Así fué que, en varias oportunidades, permitió que Llanklun conversara con uno de estos hombres vestidos de manera tan extraña y diferente a los demás españoles. Esto disgustó a Atapail en un principio, pero la madre le dió razones de lo que significaría, para Llanklun, el conocer un poco las costumbres de los demás. Insistió en los cuentos del forastero, le habló de la utilidad que para el futuro de todos podría significar el conocer unas pocas creencias españolas.
Atapail, visionario por naturaleza, no quiso argumentar y decidió favorecer a los deseos de su unendomo, ignorando muchas de las andanzas que por su casa hacían los religiosos. También, quiso dejar de lado estas cuestiones porque los curas en cuestión no eran españoles sino que más bien un grupo de sacerdotes italianos, los que llegaron poco después de los catellanos, aparentemente representando al Vaticano.
Fué así como Llanklun aprendóo el español que, de paso, compartió con su padre en agradecimiento por consentirle sus conversaciones con los sacerdotes castizos. También, como muestra de la confianza que había entre ambos. Por su parte, el Cacique vió las travesuras de su hijo mayor como un punto a su favor dentro del panorama general de su carrera política.
Como era el caso en todos los muchachos de su edad, a los 14 años, Llanklun fué admitido como "cona" o casta especial de guerreros distinguidos. Allí fué donde vió a Lautaro por primera vez. Tenían muchas cosas en común. Eran guerreros especiales, conocían muy bien a sus costumbres indígenas, sus padres eran individuos que ocupaban un puesto de importancia dentro de sus comunidades respectivas, sabían más que muchos de los pormenores de la vida española en la araucanía porque hablaban su idioma y, finalmente, tenían proyectos independentistas que, en un futuro muy cercano, podrían ser útiles a los mapuches. La diferencia entre ambos guerreros estaba en la capacidad de estratega, intelectual y en el sentido de ejecución que tenía Lautaro.
Llanklun admiraba de cerca al valiente mocetón, hijo de Curiñanco.
CAPITULO 4
Un Misionero...
...araucano?
Pese a que aún había bastante luz, era relativamente tarde como para que el cura Adeoato di Baligni anduviese sólo por la selva araucana. El sacerdote era un hombre delgado, de cara alargada, con barba y poco pelo en su cabeza. Trás la figura de humilde franciscano, había algo más profundo que la apariencia de pobreza en su manera de vestir, todo de café, con un distintivo lazo blanco amarrado a la cintura. Sus sandalias de cuero raído por el uso, dejaban a la intemperie sus dedos largos, sucios y mal traídos.
Había nacido en Florencia, de padres adinerados y familia tradicionalmente aristocrática. Era una copia casi exacta del fundador de su Orden Religiosa, San Francisco de Asis. Nadie supo la razón, ni el por qué de su decisión. Pero un día cualquiera, terminó con su profesión médica, vendió la practica y todas sus pertenencias para entrar al sacerdocio, insistiendo en que se le enviara a las tierras del cono sur de la América hispana.
¡Nadie se explica hasta el día de hoy, la razón de tan extraño pedido! Sin embargo, la dádiva correspondiente se preocupó de conseguirle sus deseos.
Pudo haber sido una desilución amorosa, un problema psicológico o, simplemente, el mismo dramático y real llamado al servicio que Dios le hiciera a San Francisco. En todo caso, cualquiera que hubiese sido la causa, el Padre Adoato Beligni estaba allí, representando a las máximas autoridades vaticanas en esa conquista española que, con visos religiosos, buscaba socarronamente la conversión de las almas mapuches.
Era, quizás, esta última cuestión la que motivó a que los dirigentes romanos decidieran enviarlo como un recordatorio personal de sus propios intereses en el Nuevo Mundo.
Su caballo caminaba a tranco fijo por el sendero araucano repleto de matorrales, conduciendolo hacia la aldea de Pascual. Mientras cabalgaba, el Padre Adeoato pensaba en la misión que le llevaba hasta el caserío indio. Era algo simple pero, a la vez, dificil de plantear. En todo momento creyó que, básicamente, el ofrecimiento era para el bien de Pascual y su familia. Pero, a la misma vez, su proposición era el trampolín primordial, el paso inicial necesario y la esperanza perfecta para que el muchacho se inclinara, algún día por lo menos, a ingresar en calidad de Hermano a su órden misionera .
Y, si las cosas se planteaban correctamente Pascual, en su personalidad de Llanklun, serviría algo así como el perfecto intermediario entre los europeos y los araucanos del lugar.
---" Total, este jóven mapuche se muestra enórmemente interesado en la Iglesia Católica y sus rituales le fascinan", pensaba Fray Beligni. ---"Además, es un chico estríctamente araucano, conocedor íntimo de sus tradiciones. El problema, ahora, consiste en encontrar la estrategia precisa como para plantear con éxito este ofrecimiento a su familia."
Mientras viajaba por aquel sendero algunos indios se escondian trás los matorrales pero, observándolo con cierta duda. Su vestimenta café de franciscano pobre comunicaba respeto en aquellos indios inseguros que preferían dejarlo con vida, no atacarlo, porque no sabían cómo catalogarlo dentro de esta guerra sangrienta que estaban viviendo. El asunto es que, de una manera u otra, y a la postre, lo dejaban ir.
---" No es soldado, no es guerrero y siempre lleva una sonrisa o un gesto de cariño para nosotros. Cuando nos pasa en el camino, nos saluda con mucho amor y nos invita a conocer su ruka grande, allá en la aldea de los españoles, para hablarnos del Dios que ama", decían los araucanos en sus reuniones sociales.
Fray Adeoato estaba aún a una distancia considerable de su destino final cuando Atapail ya conocía de su viaje. Pero no le puso mayor atención al asunto porque prefería no inmiscuirse directamente en las cosas de sus numerosas mujeres. Le preocupaba, sin embargo, la situación de Llanklun, porque era el primogénito y parte muy importante en el escalafón social de su familia.
---" Pero", pensó, "en ningún caso Shani expondrá la vida del niño. Así es que mejor espero a que cuenten las cosas o que me informen al respecto."
¡Verdad!
Así había sido siempre. La honradez y la confianza, era el primer paso que el Cacique siempre dió en sus 18 relaciones matrimoniales.
Casi cuarenta y cinco minutos más tarde, el sacerdote italiano llegó a la puerta de la ruka mostrando una inmensa cara de cansancio. Shani salió a recibirlo con una jarra de mudai recién preparada, en su diestra, unas cuantas porciones de milkao y un pequeño tiesto con un poco de ofida pichi y una porcion de porotos en la siniestra. El sacerdote bebió copiosamente del jarro, mascó un tanto de milkao y comió una que otra cucharada de madera con porotos.
Así, por lo menos, no insultaba a la india.
Shani se veía contenta de recibirlo. Para ello, vistió sus mejores galas. Una cinta bicolor, roja una y verde la otra, adornaban su cabellera negra y gruesa que bajaba a los hombros por encima de las orejas y bajo una vislumbrante corrida de pequeñas medallas circulares. Estos adornos de fina plata viajaban por ambas sienes y la frente para terminar a su derecha, en inmensa colgadura semejando a dos conos del metal puro y brillante. Sus aros cuadrados parecían hacerle juego a la figura similar ensarta en sendos ganchos grandes que pasaban por el lóbulo de sus atrayentes orejas.
Su vestidura de azul obscuro, estaba parcialmente tapada por una capa más clara, ribeteada de granate, abrochada en la parte superior por dos perfectas colleras de plata labrada amarrándole sus puntas. Bajo el cuello, casi al llegar a la garganta, se veía un espléndido prendedor del mismo metal, mostrando dos cabezas de condor unidas y formando una placa horizontal de la que salían tres tiras de medallones alargados, unidos por eslabones en sus puntas y que centraban su figura femenina a la perfección. Otra pequeña placa terminaba la joya que se depositaba majestuosamente sobre un segundo collar de plata proveniente, esta vez, de sus hombros. La última prenda distinguida era el cinturón sobre el vestido de lana fina, posiblemente de alpaca, vicuña o llama, que dibujaba su pequeña figura de matrona araucana. Estaba, por supuesto, descalza.
Invitó al sacerdote con un gesto de su mano hacia el interior de la ruka. Ambos entraron para encontrarse con Atapail y Llanklun en el centro de la choza y rodeado por sus 18 mujeres, 27 niños, dos quiltros y 4 perros lanudos.
En las afueras del conglomerado que ocupaba tan numerosa familia, había una gran bulla animal que llevó a Fray Adeoato a mirar por unos minutos. Con gran asombro pudo ver cerca de una docena de llamas, otros tantos caballos, varios carretones aún cargados con maíz que los indios llamaban choclo, unas seis vacas, cabras, gallinas y patos por doquier.
Habló claramenete en español.
---" Este es mi esposo. Su nombre es Cacique Atapail Tralkapulli Paimillén. Usted conoce a nuestro primogénito Llanklun Tralkapulli. Ellas son las otras esposas de mi marido y el resto de nuestros hijos", dijo orgullosa al presentarlos.
Atapail golpeó sus manos y todos se escabulleron para afuera como un milagro de Dios. Varios niños pequeños corretearon por aquí y por allá pero, al final de unos minutos, los cuatro protagonistas quedaron solos.
---" Que mi Dios y Pillán los bendiga a todos", dijo el franciscano. "Voy a ir inmediatamente al grano de las cosas", agregó bajo la mirada austera del Cacique.
Shani repartió sendas copas de chicha fresca, que todos sorbieron cuidadosamente.
---" En nuestra misión religiosa hemos venido atendiendo a las necesidades católicas de Paz y en ellas hemos tenido la suerte de contar con la presencia de su hijo...Llanklún", comenzó diciendo, " y nos permitimos decir aquí que nos satisface mucho tener su compañía. Creemos fielmente en que el hijo de ustedes podrá ser, algún día, uno de los hombres mas importantes de la comarca."
Atapail sonrió complacido. Shani se ruborizó por unos segundos.
---" Es por ello, que nuestra Congregación ha fijado sus ojos en Llanklún y quisieramos ayudarle a obtener mayores conocimientos de nuestra vida europea. Para obtener los mejores resultados de ésta tarea primordial, pensamos que sería muy bueno que el jóven Llanklún aceptara un cargo humilde en la casa de uno de los capitanes más queridos y valientes del valle, Don Francisco José Almázar Bermúdez y Cartijo, quién estaría dispuesto a tratarlo como si fuera su propio hijo y, al mismo tiempo, contribuir con su educación, amén de darle lo que el señor Cacique Atabail fije como contribución material por los servicios de su distinguido primogénito."
Se hizo un corto silencio.
Habló Atapail.
---" Usted bién sabe lo que está sucediendo en nuestra tierra y me parece una situación difícil de enfrentar", comenzó diciendo.
---" Darle una respuesta inmediata sería presumido de mi parte y adelantarnos un tanto a nuestro juicio final. Tenemos que conocer los detalles importantes de éste ofrecimiento. Seguramente que el señor Fraile está dispuesto a congraciarnos un poco más adelante. Por otra parte, es muy posible que Llanklun Tralkapulli tenga una opinión sobre este ofrecimiento. Creo que sería sabio hablarle sobre esto que usted nos ha dicho."
---" Debo decir que mi primogénito ha conversado algunas palabras conmigo sobre su religión y que mi esposa, Shani, quisiera que nuestra familia acepte su ofrecimiento. Pero creo que no podemos decidirlo con la rapidéz esperada por todos y como yo quisiera. Hablaremos en otra oportunidad sobre esta cosa, mi querido señor sacerdote. Shani le dirá en cuatro días mi resolución. Gracias, y beba su chicha para que se pueda ir contento de regreso a la casa de su Dios", dijo solemnemente.
El Cacique tomó un largo trago de su jarro de greda roja. Lo disfrutó enormemente. Era refrescante y vigorizador. Con sus dedos de la mano derecha recorrió el borde del vaso, le sonrió a su hijo, y se la entregó. Después, ambos salieron del lugar dejando solos a Fray Adeoato con la madre.
---" Entónces, pues....regreso a mi casa", repitió el franciscano bebiendo el último sorbo de su chicha mientras se encaminaba hacia la puerta de la ruka. Shani le acompañó pero colocándose, respetuosamente, unos pasos más atrás del sacerote. Al religioso le impresionó muy bien la actitud de la matrona araucana. Hasta lo encontró apropiado, como le dijiese más tarde a uno de sus colegas. El hombre montó su caballo y emprendió el camino de regreso, un poco confundido con las palabras del cacique pero lleno de esperanzas en favor de una solución positiva gracias a la intevención directa que podría tener Shani.
Mientras miraba al viajero enfrentandose a los matorrales conlindantes, no dejó de pensar en la actitud de su marido. Inmediatamente se dió cuenta de que tenía un plan de acción en su mente astuta de político araucano.
Y así era.
Casi al llegar nuevamente al centro de la ruka, Atapail la estaba esperando con ansiedad. Trató de decir algo pero la mujer, que le había adivinado el pensamiento, le detuvo con un gesto de silencio.
---" Ya lo sé, esposo mío. Conozco la manera en que piensan los Caciques. Tienes mi bendición." No dijo nada más.
El hombre sonrió complacido, miró a su hijo Llanklún que observaba la escena un poco mas allá y mirandole a los ojos, le dijo:
---" Ahora, Llanklún Tralkapulli.¡ Hay que hablar con Lautaro, querido hijo!"
CAPITULO 5
Bajo el espionaje.
La noche estaba extremadamente clara gracias a la luna nueva que pasaba como deslizandose delicadamente por entre las ramas de araucanas, los olmos y los coligües.
En el valle podían verse los tres jinetes cabalgando a paso rápido en dirección a la montaña más cerca. Eran Atapail, Llanklún, que ahora contaba con 20 años de edad, y un amigo íntimo del mocetón, de nombre Ñántu, con quién compartió gran parte del período de instrucción guerrera y toda la época en la que los ancianos de la aldea le instruyeron en cuestiones conversacionales y aparición pública.
Llevaban casi un día montados en sus animales y ya estaban cerca del punto donde debían reunirse con el Gran Toqui y dirigente absoluto de todas las fuerzas guerreras de la Araucanía, Lautaro.
Atapail fué quién solicitó la reunión.
Había dislumbrado una salida honorable a la proposición que el sacerdote franciscano Adeoato Baligni le hiciera días pasados, ofreciendo trabajo a su primogénito bajo el alero de uno de los más pretiogosos conquistadores de la zona. Pero lo que Atapail también sospechaba, era que los curas cristianos buscaban persuadir a su hijo para que ingresara al sacerdocio y, por ende, abusar de su condición dual de conocer la vida mapuche y la europea. Nada había dicho a nadie sobre el particular, pero era casi su creencia absoluta. Tampoco le había dado al franciscano su decisión final.
La cuestión era, ahora, aprovecharse de la situación, aceptar en principios la proposición eclesiástica y colocar de espía al joven Llanklún en el corazón mismo del poder español. Claro está que todo dependería de la conversación sostenida con Lautaro. El Gran Toqui tenía un panorama más amplio de lo que estaba pasando. La utilidad del jóven sería más útil para los guerreros que para su propia familia, pensaba el Cacique.
---" El jóven Llanklún nació para guerrero, fué entrenado como tal y tiene la sensibilidad de mi educación en la política araucana", pensó en voz alta mientras cabalgaba a la cabeza de la delegacion, en la semi obscuridad de esa noche.
De pronto, sintió movimientos entre los matorrales y disminuyó el paso de su animal para permitir que se le acerca auno de su lugartenientes.
---" Creo que nos estan observando desde los matorrales", dijo el Cacique a su acompañante.
Y así era.
Varios mapuches miraban a escondidas y seguían fijamente los movimientos de aquellos forasteros indios viniendo directamente hasta donde se encontraba Lautaro. El Gran Toqui era un hombre de mucha importancia y ni siquiera el grado de Cacique de Atapail les servía de excusa para poner en peligro a su jefe máximo.
Finalmente, los jinetes abandonaron lo que podría ser el camino mismo y se introdujeron a las tupidas araucanas, coligües y a otros arbustos de la zona.
Como salidos de la nada, cerca de 20 mapuches a caballo rodearon de improviso a la pequeña caravana de visitantes y les ordenaron detenerse. Tuvieron que identificarse. Una vez que lo hicieron, otra docena de indios a pié se les añadió saliendo como de la nada. Los que montaban, les pidieron las riendas de sus animales a tiempo de que les ordenaban apearse. Los visitantes lo hicieron obedeciendo rápidamente, siguiendo con rspeto la orden de uno de los araucanos. Varios indios más salieron de los matorrales, ésta vez portando largas antorchas. Orillaron el sendero a seguir. Cerca de diez minutos más tarde, otra media docena de mapuches vino a relevar a los primeros que, tal como habían llegado, desaparecieron misteriosamente por entre los arbustos y la noche, ahora más obscura.
Unos cuantos metros más allá, los recién llegados se dieron cuenta de que les acompañaban sólo tres de los indios originales. Pero no tuvieron mucho tiempo como para pensarlo porque, casi de inmediato, fueron rodeados por un sinúmero de hombres con otras tantas antorchas, iluminándoles nuevamente el camino.
Así lo hicieron hasta llegar a un claro del sendero. A su centro había una hoguera mediana que parecía hacer juego con otras que fueron apareciendo en lontananza, diseñadas como para desorientar a posibles enemigos en la zona. Junto a ella, había cerca de 15 indios vestidos con cueros de animales marinos cubriendoles de la cintura al cuello. Atipail pudo ver a Cayocupil, Angól, Purén, Tomé, Lincoyán, Elicura, Ongolmo y otros conocidos, que no alcanzo a detectar bien.
Uno por uno los fué saludando con respeto y admiración.
---" ¡Gracias por venir!", dijo una voz salida desde los indios que orillaban la hoguera.
Llanklún reconoció de inmediato a Lautaro. Se adelanto unos pasos y lo tomó de ambos antebrazos, como dándole un cariñoso abrazo de hermano.
---" Saludos a ti, gran Cacique Atapail...y también a tí, mi querido hermano Llanklún, y a tí, jóven hermano Ñántu, hijo de Comeleo."
Los indios que acompañaban a Lautaro trás las inmensas llamas de la frondosa hoguera, fueron retirandose lentamente, sabiendo que habría una conversación importante entre los recién llegados y las autoridades araucanas en la sesión.
---" ¡Conozco lo que vienes a decirme, Cacique, pero me gustaría saber más! Preferiría que me digas lo que piensas y cual ha sido tu decisión sobre el ofrecimiento para tu primogénito", dijo el jefe guerrero invitándolos a sentarse en piedras relativamente grandes, que se habían colocado para tal propósito.
Lo hicieron, y la conversación comenzó a tomar forma. Atapail habló por unos cuantos minutos. Lautaro lo escuchó con mucha atención.
---" ...Y tú, que opinas de todo esto, querido Llanklún?" preguntó Lautaro, siempre interesado en las opiniones de los mapuches de su misma edad. Porque por muchos años creía que los niños eran el futuro de su raza, que la juventud era el presente y que los ancianos eran la sabiduría personificada guiandoles hacia un futuro mejor.
El jóven mapuche le dió su opinión diciendo que le interesaba enormemente todo lo relacionado con las razas que circulaban alrededor de los araucanos.
---" Tú bien sabes, Gran Lautaro, que todos los valles no tienen las mismas costumbres. Que hay otras razas, otras opiniones y que todos tenemos diferentes costumbres. Unas son mejores que otras. Nosotros somos guerreros. Pero hay otras tribus que viven de la pesca, de la agricultura, de los animales, y de muchas cosas más."
---" ¡Hablas con sabiduría poco corriente a nuestras edades, hermano!" le interrumpió Lautaro.
---" Creo que conocerlas a todas es bueno", prosiguió. "¡Creo que compartir los mismos ideales con todoses malo!.
---" Tal como lo piensan mi padre, mi madre, muy en especial, y todos nosotros como nación integrada, creo que debemos aprender lo más posible de los otros, aunque sean españoles, porque algun día los mapuches vamos a tomar las decisiones en toda la comarca y, conocer lo nuestro y lo de ellos, puede ser de mucha utilidad para el futuro de la nación que estamos hoy forjando. Creo que tú, Gran Toqui, y tú, mi padre, son el reflejo de mis creencias."
Los tres interlocutores lo observaban con gran respeto y atención. Lautaro se mostraba especialmente atento y complacido por lo que escuchaba en la voz de tan digno representante. Un araucano jóven e inteligente. Planificador y ejecutor. Exactamente, lo que araucanía necesitaba hoy y siempre. Atapail se veía orgulloso. Ñándu parecía muy bien impresionado con el pequeño discurso de su amigo.
---" Es necesario que estemos preparados para el momento en que lleguemos a tomar la gran responsabilidad de dirigirlos a todos, huincas o indios. Nuestra tierra es sagrada porque fué un regalo de Pillán, para nosotros los araucanos. Los españoles tienen su propia tierra y deben regresar a ella inmediatamente. Ese, gran Lautaro, es tu responsabilidad."
El Gran Toqui sonrió al escuchar la última frase de Llanklún.
---" Venir hasta este valle para conocer tu opinión ha sido la responsabilidad de mi padre. Mi responsabilidad, gran Lautaro, es la de ayudar a mis hermanos en su lucha por resistir y rechazar a los invasores de hoy. Tu decisión, Gran Toqui, es también la mía."
Fué difícil seguir la elocuencia del joven hijo de Atipail. Lautaro se levantó del asiento y los otros hicieron lo mismo.
---" Entónces¡ Que así sea! Irás a la casa de ese Capitán español, trabajarás arduamente para ganarte su confianza y me informarás de todo lo que sepas. Al tercer día de haber regresado a tu loy, ira a verte el indio Wenunamko. Te llevará instrucciones para que sepas de los araucanos trabajando en la casa de ese mismo Capitán y que, como tú, tienen mi confianza. Es necesario que así sea. Después, el indio Konwepan irá a tu ruka en el cuarto día y te dirá cómo mandarme las noticias que recojas y cómo recibirás nuestras respuestas. Eso es todo. Buen viaje de regreso."
Cuando Atapail se hubo levantado de la piedra, Lautaro le instruyó sobre los pasos a seguir para que su primogénito comenzara las operaciones acordadas. Después, todos regresaron a sus quehaceres.
Un araucano trajo el caballo de Lautaro y le entregó su rienda. Cerca de 15 indios apagaron el fuego ardiendo por varias horas mientras, simultáneamente, otros limpiaban el terreno con grandes ramas, eliminando hueyas y todo lo que pudiera denunciar la presencia mapuche en aquel lugar.
Lautaro se fué y junto con él, desaparecieron todos los araucanos de su comitiva.
Nada pareció haber sucedido en ese lugar.
CAPITULO 6
En la Mision de
San Cristobal.
Inmediatamente que supo de la decisión de Atipail, Fray Beaoto Beligni tomó todas las medidas posibles para que sus planes salieran bien. Personalmente fué a buscar a Llanklún, haciendose acompañar por el hermano Cristóbal, un jóven altruísta catalán que siempre tuvo la mejor intención al ingresar a la Orden Franciscana pero que por su capacidad, no solo económica sino que física también, dejaba mucho que desear. En todo caso, era un hombre útil para las cuestiones sin importancia y la ayuda poética, era su mejor lado.
Por supuesto que todo resultó bién. Sin mayores problemas, Llanklún se trasladó hasta la Misión de San Cristóbal para recibir las instrucciones finales, vestir alguna ropa un poco más europea, descansar por un par de días y, de paso, conocer de cerca a los integrantes de la representación eclesiástica en el sector.
Al tercer día de haber llegado, se le dijo que estaban listos para partir a la casa del Capitán Don Francisco Jose Almázar Bermúdez y Cartijo pero Atapail pidió una extensión de la partida porque un importante invitado había llegado hasta su ruka y quería conversar con él, en forma extensa.
Al día siguiente, el Cacique volvió a pedir que se alargase la salida porque el mismo amigo había regresado para discutir cosas sin mucha importancia.
Al día número cinco, Llanklún dejó la casa de sus padres en compañía del sacerdote franciscano, el hermano Cristóbal y otros dos individuos desconocidos para el jóven mapuche.
CAPITULO 7
Don
Francisco Jose
Almazar y Cartijo.
Un hombre relativamente jóven para el rango que tenía. Don Francisco José Almázar Bermúdez y Cartijo era aristócrata de pura cepa, como decían los españoles. Primogénito de una familia castellana noble, su padre estaba emparentado indirectamente con los reyes de Castilla y León. Era más bien de aspecto agradable, delgado, de fina barba acompañada por un elegante bigote francés al estilo Richelieau, vestía bien, tenía buen gusto y era atrayente a la vista. Las damas del virreinato le mostraron abiertamente su atracción cuando el jóven militar pasó por palacios, rumbo a la araucanía. Siempre fué hombre de muchos amigos, fanfarrón cuando bebía, mujeriego cuando le era posible y , al igual que su padre, no le importaba el linaje llegado el momento de sus amoríos obscuros. Era, en resúmen, un muchacho fiestero, divertido, siempre rodeado de gente y poseedor de las mejores cosas en la vida. El dinero no era su problema inmediato, gracias a los envíos financieros que recibía desde Castilla y que, pese a la demora de la entrega, Don Francisco José se las arreglaba para convertir la nota bancaria paterna en dinero efectivo y.por¡adelantado! Prestamistas, amigos, promezas obscuras, venta de esclavos, etc.,etc.
¿Por qué, entónces, estaba en la Araucanía en vez de cualquiera capital europea o como Virrey, gracias a su parentezco lejano con Felipe Segundo, Rey de España?
---" ¡Quién quiere tener ese cargo tan aburrido, tedioso diría yo, solitario y perseguido por todos los envidiosos del reinado. Prefiero ser libre...¡Que viva la libertad! ¡Vámos!...y la aventura también, ¡Qué joder! Además...pués, porque nadie me conoce todavía....já, já, já!', respondía a carcajadas.
En su vida privada despreció abiertamente a don Pedro de Valdivia por considerarlo algo así como un farsante que vivía pegado a la realeza española buscando migajas. De la boca para afuera, quizás por lealtad militar, se decía uno de sus mayores admiradores. Intimamente, se alegró cuando lo supo muerto.
Por razones lógicas de su estado social, se vanagloriaba de haber sido amigo de don García Hurtado de Mendoza, jóven de su misma edad , hijo del Virrey del Perú y tan altanero como él. También decía haber estado con don García en Córcega y Toscana, pero nadie se atrevía a contradecirle por perder el favoritismo. Tenía la esperanza de verlo como el futuro gobernador de las tierras del Nuevo Extremo. Pero, contrario a la ignorancia total que Hurtado de Mendoza tenía en torno a todo lo relacionado con Arauco, don Francisco José conocía muy bien a los mapuches, su trayectoria, sus intenciones futuras, su valentía y hasta se creía buen conocedor de la personalidad de sus interlocutores. Sus amigos, tampoco querían discutirle el tema.
En su casa, siempre había sirvientes indios pero la mayoría de ellos eran de los pasivos picunches, huilliches o pehuenches. Por eso o quizás porque sería una experiencia diferente el tratar con un indio guerrero, como consideraban a los araucanos, aceptó en principios la llegada de Llanklún. Además, Fray Beoato Baligni era de su misma casta social que, por cuestiones personales, hoy solamente usaba una vestimenta diferente. Ese principio de lealtad aristocrática le sirvió como justificación mayor para aceptar al joven araucano sin mayores consideraciones ni preguntas.
---" Total", pensó, " lo pondremos en el servicio y lo absorveran los otros domésticos. Voy a colocarlo a las órdenes de Ramón...posiblemente en el comedor. ¡El sabrá que hacer con el indiecito éste! Este pobre infelíz debe ser otro de esos araucanos muertos de hambre, que no tienen adonde ir ni adonde dejar sus huesos. Me servirá para hacerle un favor al Vaticano, el que sabré cobrar cuando yo lo necesite."
Y así fué.
A su llegada, el jóven mapuche fué asignado de inmediato al servicio de la mesa, a la que acudía lo más granado de la Capitanía General del Reino de Chile de Nueva Extremadura, como algunos le llamaban a todo el territorio conquistado más abajo del virreinato.
En la mansión que su dueño llamó "La Casa de La Castellana" había una cincuentena de sirvientes para todo uso. Los cabecera del servicio eran españoles. ¡Por supuesto! El resto, lo comprendían siete indios en la limpieza del sector público, es decir, donde se efectuaban las fiestas y demás; Seis, para servir en el comedor, en los dormitorios o en el patio; Otros seis en la cocina y cuatro ayudantes encargados de pre-preparar los alimentos; Cuatro mujeres para lavar la ropa personal de todos; Cuatro indios en el mantenimiento de los jardínes y de la limpieza de los patios; Tres hombres encargados de las carrozas y vehículos varios; Cinco indios en las caballerizas; Cuatro mujeres para el aseo de recámaras o dormitorios, tres indias encargadas de mantenerlos en orden y al corriente de todas sus necesidades; Un indio directamente envuelto en ayudar en la vestimenta diaria de Don Francisco José, siempre supervisado por el español Bartolomé y la sirvienta andaluza de nombre Paca, ambos traídos desde Castilla a imposición de sus padres.
Todos estos empleados eran dirigidos por un castellano de nombre Fernando Uribe Montalbán y Vargas, extremadamente leal hasta el punto de morir por su amo, a quien viera nacer en Castilla¡tiempos há! El hombre, un vasco porfiado, hablador y mandón, había manejado los servicios domésticos en la casa de una de las amantes del padre. Algunos cortesanos decían que la tal mujer había tenido serias amoríos con el Rey Felipe Segundo, hijo de Carlos Quinto de España e Isabel de Portugal. El jóven "Felipillo", como le llamaba Don Fernando Uribe Montalbán y Vargas, cada vez que terminaba su segunda jarra de vino, era pariente lejano de su patrón. ¡Por supuesto que no era verdad! Sin embargo, el viejo sirviente se encargaba diariamente de mantener en vivo aquel rumor, insistiendo en que el asunto del "amante" del padre de su dueño había ocurrido antes de que el monarca se casara con María de Portugal y, luego, con María Primera de Inglaterra.
Pero Don Fernando tenía otro problema. ¡Un serio problema!
Esa mañana calurosa de Marzo, habían encontrado muerto en su cama al indio destacado especialmente para ayudar con la vestimenta de Don Francisco José.
---"¡Qué tragedia, Dios mío!" dijo al anunciárselo al castellano.
¡Había que reemplazarlo de alguna manera! Era una decisión extremadamente delicada. El único con autoridad necesaria para decidirlo pues era el propio amo de casa.
---" Bueno, mi querido Fernando, es bien poco lo que yo puedo decir al respecto, porque no me inmiscuyo en cuestiones de sirvientes...¿Verdad? Creo que eres tú el indicado para hacerlo ya que conoces de cerca a cada uno de ellos. En todo caso, me gustaría que vieras la posibilidad de pensar en este jóven Pascual que nos trajo semanas atrás Fray Beoato Baligni."
---" Pero es que ....pues, yo no conozco al indio ese", rezongó Don Fernando.
---" Debemos tener en cuenta tres cosas importantes, querido Fernando. Primero, que este indiecito Pascual fué recomendado especialmente por los frailes franciscanos de la Misión y, segundo, que Fray Beoato merece toda mi confianza no solo por venir de tan alta cuna italiana sino que, también, ¡Porque me dá la gana!. Bien sabes lo importante que todo ésto es para mí."
---" Pero, don Francisco, pues..."
---" Mi queridísimo Fernando. No quisiera entrar en detalles inútiles peroen tercer lugarme gustaría recordarle que YO soy el dueño de ésta casa y que a mi me interesa que ese indio sirva en mi propiedad y en el cargo que se acaba de producir. ¿¡Entendido!?"
---" Estesu señoríapuesque así sea, entónces ", respondió el leal sirviente, un poco apabullado por el tono de voz con que su dueño marcó palabras específicas durante su reciente "recordatorio de poder".
Desde ese día y en adelante, Llanklún pasaría a ser uno de los sirvientes más importantes en la " Casa de la Castellana". Su cargo era ideal para el bienestar futuro de sus compatriotas mapuches y, así las cosas, cumplía exáctamente con los deseos de Lautaro.
CAPITULO 8
En un lugar
de la Araucanía chilena.
Primero de Abril de 1557.
La madrugada de aquel otoño aún no se había producido,
cuando Lautaro se levantó de su lecho, despues de un sueño inquieto que produce la resaca de una batalla, de un dormir corto de escasas tres horas que le permitió la reunión con sus lugartenientes de combate.
Se sentía inmensamente cansado al despertar. Su visión era más que imperfecta a consecuencias de que su cuerpo no llevaba la misma velocidad de su mente bélica. Se refregó fuertemente sus ojos para ascelerar el proceso pero, no pudo conseguirlo del todo. Se levantó casi a tientas, caminó sigilosamente hasta una esquina de la ruka y bebió lentamente el resto del agua pura que había quedado en la vasija de greda que su esposa le guardaba, conociendo sus costumbres matinales.
Estiró largamente ambos brazos, como para despojarse de la flojera. Y esperó unos segundos. Mientras lo hacía, observó con amor la placidéz de su esposa durmiendo en el pequeño espacio que generalmente le dejaba con su inmenso volúmen de luchador, en aquella pequeña cama de paja y cueros, tibios aún por el calor de su cuerpo poseído todavía por los deseos carnales durante esas pocas horas pasadas.
Se sentía más cómodo, ahora, más tranquilo y se dispuso a salir hacia una nueva jornada.
Mientras esta escena se desarrollaba en la ruka del valiente mapuche afuera, en la semi tiniebla del amanecer frío y en penumbras, la sombra de un individuo que tiraba de sus riendas a un escuálido caballo, deambulando por sitios desconocidos y prohibidos por los Jefes del fuerte de Peteroa, cercano a Mataquitos, apenas se vislumbraba a pocos pasos de la casa de Lautaro.
Aquel hombre quién, definitivamente era uno de los soldados que la tarde anterior se enfrentasen a las órdas araucanas, se veía cansado, desgarbado, sucio y con evidentes ganas de regresar a su cuartel. Miraba sorprendido como, al caminar, iba introduciéndose lenta e involuntariamente al recinto de una aldea araucana. Inseguro de seguir caminando ante la posibilidad de encontrarse, nuevamente, con el feróz enemigo de una horas antesse detuvo por unos segundos. En realidad, los indios habían ganado esa batalla y al caer el sol, muchos se retiraron misteriosamente. Miró nuevamente a lo que le rodeaba, para darse cuenta que estaba trás la colina donde, horas antes, habían quedado su exhaustos compañeros de batalla. Se sintió inmensamente incómodo. La soledad, sus pensamientos recordandole la violencia mapuche, le dieron sus primer sentido de miedo.
Se detuvo otra vez. Trató de acercar el animal para montarlo de inmediato pero, en ese mismo instante, Lautaro hacía su aparición en las afueras de la ruka, a unos escasos pasos del consternado conquistador.
Instintivamente el hombre sacó su espada de caballería que llevaba a un costado de la montura, la giró dos veces por encima de su cabeza y con un gran esfuerzo estiró el brazo para incrustarla en el estómago de aquel indio aparecido misteriosamente de la nada. Después, sin siquiera darse cuenta de lo que hacía, montó a tastabillones. Con medio cuerpo casi colgando de la montura, se lanzó al trote tendido de su caballo bayo, que también se estremecía por la violencia de lo que estaba sucediendo.
Lautaro tan sólo estaba a unos pasos afuera de su ruka cuando aquel soldado desconocido, ambulante y perdido en medio del campo enemigo, le atravezó instintivamente con su espada toledana, a la altura del estómago. Extrañado, sin saber de lo que le estaba sucediendo, adolorido por aquél misterioso golpe venido de¡sépa Dios de dónde! se tomó la base del vientre con ambas manos, incrédulo aún, ensordecido por la indignación de saberse herido.
En el horizonte que ahora comenzaba a pintarse de claro, pudo verse la figura desgañanda del europeo arrancando como poseído por el demonio mismo. El castellano aún no recapacitaba de lo que había hecho, de lo que había causado, de lo que serían sus consecuencias.
---" ¡Total!", pareció ir pensando, " fué algo que hice como muchas otras en las que por allí anduve. Para eso me adiestraron por veinte años, desde que salí de mi Andalucía a este nuevo mundo, tan distinto y tan feróz".
Pero había algo muy extraño en la figura de ese indio. Algo que no dejaba de gustarle del todo. Específicamente no sabía lo que era. Tampoco podía dedicar mucho tiempo a pensar en estas cuestiones porque dentro de unas horas, estaría de regreso al campamento para informar a su jefe de lo que había visto en aquel réhue, como llamaban los araucanos a sus pequeñas aldeas.
En ese instante, por lo menos, su instinto de luchador le decía que era algo más allá de lo corriente, de lo esperado. Por eso es que corría desesperadamente en su agotado caballo, a fin de unirse a sus colegas y regresar al campo español en búsqueda de paz y seguridad.
Mientras tanto Lautaro, casi abrázandose de su herida para evitar la salida excesiva de sangre, se doblaba hacia adelante por el obvio dolor que le causaba la cortante arma española. Observaba, con angustia y desesperación, la sombra de aquél hombre desapareciéndo en la semi obscuridad dejándole sin siquiera un gramo de justicia.
---" Pero si el Gran Pillán me hubiese dado tan sólo una seña, un ruido cualquiera que me hubiese indicado la presencia extranjera en la puerta de mi propia ruka", pensó por unos segundos.
Con las manos ensangrentadas por la herida, que le descocía sus entrañas, el indio cayó de rodillas ahogando un sollozo de indignación. De sus ojos brotaron dos lágrimas que ahora rodaban lentamente por sus jóvenes mejillas, como únicas testigos de su furia guerrera.
En el claro circundando a la ruka, más acá de los inmensos robles, coigües, raulíes, laureles y tepas brotando por doquier, en aquel loy rodeado por perfumados aromos, ruelillos, quilas y hualtátas, no se veía alma alguna. Todos dormían plácidamente, recuperando la energía y dejando atrás el cansancio que les hizo olvidarse, por lo menos por algunas horas, de la lucha sin cuartel contra los españoles invasores de la tierra madre, generosa en papas, porotos, ajíes, quinoa, mandiólas y maníes.
Se le nublaba ahora la vista. Le entró un frío inmenso que bien parecia arrebatarle lentamente sus 20 años de existencia. No podía dejar de pensar en lo que sucedería a sus hombres luchando furiosamente contra aquellos extranjeros venidos de un mundo tán lejano, atravezando las grandes aguas para quitarles sus tierras a golpe de espada.
A medida que avanzaba el dolor, la angustia y aquel terrible frio, ya no tenían valor sus planes de ocupar Santiago, donde se concentraban los españoles recibiendo al nuevo Gobernador, en reemplazo de Pedro de Valdivia, muerto por sus propias manos de jóven mapuche. Se desvanecía todo. Y peor aún. El asalto, dejaba en peligro inminente el futuro inmediato de su raza.
El cansancio se le hizo presente.
Por su mente agonizante pasaron algunas de las hazañas, sus innovaciones guerreras, nuevas armas y planificaciones de batalla que desorientaron por completo a los invasores europeos. Pensó en sus valientes guerreros y en aquellos que se opusieron, por instantes, a sus nuevas ideas.
Recordó al fornido Cacique Maulicán. El guerrero no entendia que si sus hombres vestían el cuero endurecido de un lobo marino, podrían salvarse con la misma facilidad con la que aquella coraza de acero ayudaba al enemigo. Penso en los valientes de Painemilla que no tuvieron dificultad para aceptar el Huachi o lazo, que más tarde resultara ser un arma provechosa en la victoria de la Batalla de Concepción, en 1555. Una de las invenciones más fáciles de admitir para los subordinados de Huenunanco, fueron las picas escondidas en hoyos, las que levantaban con fuertes cuerdas cuando la caballería española estaba a pocos metros de distancia y, luego de ensartar a sus animales, los tumbaban para tirarlos al suelo, con ese lazo, en lucha cuerpo a cuerpo.
A decir verdad, sus innovaciones habían sido muchas. La lucha por escuadrones, el uso del caballo en la batalla, el Púcara o abastecimiento de tropas y el mejor sistema de comunicaciones transmitiendo órdenes usando el kulkul. El Batallón de Picadores que no era otra cosa que hombres con picas cortas hincados en primera fila, medianas en la segunda y largas en la tercera, tal como lo hiciera Carlo Magno en el siglo 334 A.C. Inventó las hondas, como Aníbal, en el año 211 AC. cuando derrotó a los romanos, etc., etc..
Con el pequeño cambio de la temperatura matinal, Lautaro sintió en su cuerpo como se discipaba la obscuridad de la noche para recibir a la aurora vislumbrandose bajo el horizonte cambiando color.
Su vista se nublaba aceleradamente.
Era el final de un combatiente innato, de un estratega admirable, de un patriota vislumbrante, de un hombre sensible, de un General con profundo sentido humano, de una riqueza total y sin límites.
En otras palabras, era el final del Gran Lautaro, el Mapuulmen más distinguido en aquella araucanía eterna. Era el final del Cacique que admiraban, no sólo los Maputóquis y los Mapuulmen, aquellos guerreros distinguidos elegidos por su pueblo en los famosos aillerehues o reuniones militares, sino que los propios adversarios europeos, en forma muy especial.
Ese día, el Gran General y jóven guerrero de tan sólo 20 años de corta edad, a quién sus hombres veneraban hasta la muerte, pasaba a la historia mundial como uno de los mejores, más respetados y más reconocidos soldados de la conquista española en el cono sur del Continente Americano.
CAPITULO 9
Un 7 de Abril de 1557
Aquella noche se habían acostado extremadamente tarde, inmensamente cansados y hambrientos. La lucha sangrienta a la que desde hacía tantos meses se enfrentaban, así lo requería. Y ahora, había que descansar unas horas para proseguir la lucha sin cuartel, que bien podría depararles infatigables jornadas más adelante.
Es por eso que la mujer aceptó dormir una horas junto a su esposo...y lo hizo plácidamente, sin saber lo que estaba pasando en las afueras de su humilde ruka. Ni siquiera sospechaba que la vida le cambiaría para siempre, porque un soldado extranjero desconocido, agotado e irresponsable de sus actos, decidió aceptar un impulso cualquiera creyendo cumplir con su deber, pese a que sus instrucciones habían sido sólo las de observar el campo mapuche en compañía de otro, a quién había perdido en el camino.
Ni siquiera debía haber andado, a esa hora, por ese sector en las afuera de la zona de combate.
Pero lo que Guacolda ni Lautaro podían siquiera sospechar era que las fuerzas españolas estaban acantonadas a pocas horas de cabalgar; que esa noche de Abril de 1557 Don Francisco de Villagra había enviado a 30 de sus 157 soldados, 5 arcabuceros y 400 indios picunches liberados de prisiones mapuches por los españoles, para tomarse aquél fuerte de Peteroa, cercano a Mataquitos, en el que 800 araucanos dormían plácidamente, soñando con su toma de Santiago; que dos de los soldados de avanzada merodeaban cerca de las chozas y que uno de ellos decidió regresar de inmediato para informar a sus jefes, mientras que un segundo se retrasó cerca del sitio ocupado por la pareja, en aquella madrugada fresca del otoño araucano.
La mañana estaba comenzando cuando la mujer se despertó del sueño pesado, producto del cansancio de jornadas largas tras su marido, ayudándole en todo lo que necesitase para permitirle que su mente, libre del quehacer personal, pudiera dedicarse a la importancia de conducir los menesteres de la guerra. En ningún caso le llamó la atención que en ese momento Lautaro no estuviese a su lado porque era muy corriente, en el jóven indio, levantarse temprano y escabullirse en alguna aventura guerrera, visitar el campo donde se enfrentaría a los españoles, conversar unos segundos con alguno de sus subordinados o, simplemente, a pensar bajo las estrellas sobre el movimiento más fácil para derrotar al enemigo.
De pronto sintió un ruido de varias cabalgaduras y asustada, corrió hacia afuera tan sólo para encontrarse con la macabra escena de su esposo traspasado por una espada. Le subió la sangre a la cabeza, sintió un pequeño desconcierto y, luego, se hincó al costado derecho del cadáver. Lo miró unos segundos. Tiempo necesario para que sus lágrimas cayeran lentamente por las mejillas pálidas, causadas por la primera impresión.
Removió las manos del guerrero, apretujadas sobre la parte superior de su estómago. Se las colocó en cada lado correspondiente y le cerró los ojos con un gesto de amor, despedida, resignación. Luego, le acarició su mano derecha y lentamente se levantó para buscar la ayuda que le permitiera entrar el cadáver para darle el abrigo final.
Antes de ingresar a la ruka, miró por última vez al hombre y, suspirando, recordó el momento en que Lautaro, terminase el despueble de Concepción. Se volvió, entonces, hacia Santiago de la Nueva Extremadura, alzó la lanza de su marido hacia el norte y dio su famoso grito de guerra.
---" Inche Leuturu, apumbin ta pu huinca" murmuró suavemente Guacolda, esta vez con un nudo en su garganta ( "Yo soy Lautaro, que acabé con los espanoles!")
¿Por qué lo dijo? Una despedida final, quizás. Una frase acuñada para la historia, en un momento de extremo dolor. Seguidamente, por fracciones de segundos, recordó las últimas palabras de amor que el valiente mocetón le había dicho tan sólo hacía unos dias, en una mañana soleada como esa.
Más tarde, se levantó y se fué.
Ahora, sólo restaba permitirle que durmiera en paz y que su alma inmortal viajara libremente por los volcanes sureños, por las nubes y, talvéz, más allá del inmenso mar. Sabía que nunca estaría sola porque su amor le acompañaría en el crujir de cualquiera tabla, como era la creencia, en el silbido del viento o en el vuelo de un moscardón negro.
El Gran Lautaro se había transformado, finalmente, en un alma buena que la protegería siempre del daño español, en un alma que intercedería por ella ante Pillán, en el Volcán Villarrica, donde Dios vivía, para cuando llegara la hora de acompañarle en su viaje final. Bién sabía que sus soldados mapuches continuarían su lucha de liberación usando las técnicas que el Gran Toqui les había enseñado durante sus cortos años de mando.
Guacolda nunca supo el nombre del soldado que mató a su esposo.
CAPITULO 10
El encuentro fatal del
Capitan Antonio de Almazar
y Rodriguez.
Casi un minuto después de que Guacolda ingresara a su ruka para buscar la ayuda que le permitiera llevar el cadáver de su esposo al interior de la choza, las fuerzas españolas entraron al Fuerte como estampída de animales salvajes. Se enfrentaron a los ochocientos indios con una energía tremenda.
Los mapuches corrían desesperadamente tratando de organizarse. Pero fué inútil. Una y otra vez se defendieron con valor. Pese a la enseñanza del Gran Toqui, fueron prácticamente exterminados por la arremetida sin cuartel de la caballería española.
Lucharon por más de cinco horas.
Todo fué en vano.
La muerte de Lautaro no la supieron de inmediato todos los guerreros, sino que hasta después que ese ataque sorpresivo, indigno para la tradición de lo que había sido el continuo triunfo mapuche, hubo terminado.
¡La falta de Lautaro, era coincidentalmente obvia!
Un grupo de cinco jienetes españoles se movilizaba rápidamente por las orillas del segmento. Buscaban algo o algo muy importante que pensaban encontrar entre el marumagno de cadáveres dejados tras el ataque.
Uno de los que iba en el grupo lanzó un grito al divisar el cuerpo inmóvil del jefe indio.
---" ¡Allá!¡ En la puerta de esa choza!", gritó eufóricamente el Capitan Antonio de Almázar y Rodriguez para hacerse escuchar por sus compañeros que blandían sus sables cortando cabezas con un ruido infernal.
Al darse cuenta de que se trataba de Lautaro, se detuvieron rápidamente en medio de una tremenda polvareda. En cuestión de segundos bajaron de sus cabalgaduras, esquivando con dificultad y energía los garrotes araucanos, flechas y lanzas por doquier. Se apoderaron del cadaver que yacía junto a la ruka, sin vida y aún sangrando.
Uno de ellos, el más alto del escuadrón, se adelantó a sus compañeros y con el mandoble toledano en alto, que sacó de la parte trasera de su montura, listo para la acción, cortó de un solo golpe la cabeza de Lautaro. Agarrandola del pelo se la tiró, como quién lanza un objeto desagradable, a uno de los compañeros que estaban cerca.
---" ¡Póngala usted en la punta de su lanza, Uribe!" gritó casi desgarrandose la garganta.
---" ¡Descuide usted su señoria", respondió el aludido.
---"... ¡y corra con ella como si se lo llevara el mismo diablo! ¡Esa es la cabeza del que asesino a Don Pedro de Valdivia", gritó nuevamente.
Otro de los jinetes que estaba inmediatamente al lado del soldado ensartando a la cabeza de Lautaro, le gritó de inmediato.
---"¡ Yo le cuido la retaguardia, mi Capitán Almázar...!"
Casi al unísono, los otros dos castellanos tomaron el cadáver, lo partieron en dos de un severo sablazo y metieron sus partes en sendas bolsas de cuero. La acción no les llevó mucho tiempo. Parecía haber sido planificada. Terminada su maquiavélica escaramuza, todos desaparecieron trás la polvadera que los había traído.
En su camino, abriéndose paso por entre los valientes guerreros atacandoles ciégamente, continuaron lanzando espadazos que originaron la muerte de otros tantos mapuches más.
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CAPITULO 11
Araucanía chilena,
en la mañana del
2 de Abril de 1557
Habían corrido un par de minutos pasada la media noche cuando el centinela de guardia en la gran puerta de "La Casa de Castilla" cantó su hora doce anunciando el principio de esa madrugada. El eco de sus compañeros se hizo más largo que otras veces para Llanklún, durmiendo en la tercera cama del inmenso dormitorio asignado para los sirvientes masculinos, en el subterráneo de la mansión.
Don Francisco Jose, Fernando y gran parte de sus soldados, que generalmente deambulaban abiertamente por la casona, habían estado extrañamente ausentes por casi gran parte de ese primer día de Abril del año 57. Los rumores y las conversaciones de pasillos, decían que se trataba de una arremetida muy especial contra los mapuches insubordinados. Pero nadie pudo comprobarlo.
Llanklún nada supo al respecto y, eso, lo tenía sumamente preocupado. Bien sabía que su deber era el de recolectar todos los pormenores de cualquiera maniobra que el dueño de casa planificara en contra de sus compatriotas. Al no hacerlo, cometía una seria falta en sus funciones informativas. Pero, en primer lugar, lo que Llanklún ignoraba era que, dada a su importancia y a lo que pudiera resultar de estas maniobras, todo había sido hecho con un secreto especialísimo. Segundo, que don Francisco José, Fernando y los hombres envueltos en estos menesteres, habían salido muy de madrugada hacia tan especial aventura.
¿Qué tal si nada de lo rumoreado fuese verdad? La realidad era que¡no importaba! Sin embargo, Llanklún continuaba martirizándose.
En todo caso, el mapuche no podía dormir tranquilo pensando en sus consecuencias. Cuando viniera su contacto, el indio Konwepan, tendría que darle alguna explicación. ¡Cualquiera cosa que pudiese llevar al comando de Lautaro! En sus pensamientos, que lo mantenían despierto, Llanklún se culpaba abiertamente de su falta porque su espionaje era una cuestión tan simple, muy fácil de efectuar. Sólo tenía que prestar atención a lo que se decía en el dormitorio y escuchar a todas las conversaciones sostenidas por su amo español, al vestirse en su presencia, en aquel dormitorio privado. Lo demás, vendría por sí solo. Entónces, era cuestión de repetirlas a la noche siguiente. Pero don Francisco José nada había dicho. Más aún, por primera vez en todos estos meses Fernando ni siquiera se había hecho presente en la ceremonia de vestimenta del gran capitán castellano.
---" Peor todavía", pensaba Llanklún, "la ausencia de Fernando debía haberme puesto en alerta. Por qué no lo investigué como era mi deber?" Y siguió dándose vueltas en su humilde cama de ramas secas. De un momento a otro debía llegar el indio Konwepan para pedirle detalles de lo que pasó ese día.
Pero lo especial de ese momento era que la madrugada se iba lentamente, a la vista de Llanklún que se mostraba más nervioso que nunca. El estaba casi por apuntar en el horizonte, por entremedio de las roídas ventana del entre piso. ¡El mensajero jamás había venido con luz! ¡Algo extraño estaba sucediendo!
Casi junto con el cantillo de la hora, el astuto araucano especializado por años en su trabajo de correo para los caudillos mapuches, había saltado la tapia cerca de las caballerizas que supervisaba Kallfulém, otro de sus compatriotas plantado en cargos especiales por el hábil Huenunánco, el Jefe del Servicio de espionaje de los indios.
Llendo a gatas por entre las ramas y arbustos del jardín trasero, el mensajero se deslizó fácilmente hasta la puerta falsa que todas las noches dejaba entreabierta la ayudante de la segunda cocinera, la mapuche que llamaban Rosa, y que los españoles intercambiaron por un saco de porotos cuando era pequeña, porque su madre dijo necesitar la comida. Convertida hoy en jovencita, Rosa no era otra cosa que una de las tantas espías colocadas hábilmente en sitios estratégicos por las fuerzas de Lautaro.
Su oído sensible, de mapuche entrenado para estas cuestiones, le dijo que alguien venía sigilosamente por el pasillo conectando la cocina de la casona con el subterráneo de los dormitorios. En efecto, asi era.
Como gato en un tejado, el delgado y liviano indio entreabrió la puerta del dormitorio y, casi automáticamente, se colocó junto a la cama de Llanklún.
---" Es demasiado tarde, hermano. ¿Qué sucede?"
---" Algo muy especial, hermano Llanklún."
---" Tengo malas noticias, hermano Konwepán porque..."
---" Ya lo sé, hermano Llanklún. Yo tengo noticias peores todavía", le dijo en un silencio percibido solo por ellos dos.
Se produjo el momento en el que Llanklún casi pirde el control de sus nervios.
---" El Gran Jefe Lautaro fue asesinado esta madrugada nada menos que por tu amo español, el Capitán Almázar, a medias con su sirviente Fernando."
Llanklún emitió un sonido gutural que obligó a que Konwepán le tapase la boca con su mano.
---" Lo asesinaron a la salida de su ruka, esta madrugadahace muy pocos momentos. No sabemos quién lo hizo pero estamos seguros de que fué uno de los soldados viviendo en esta casa. Por ahora, eso no tiene importancia. Todo lo sabremos dentro de muy poco. Kallfulém está encargado de hacerlo y ya comenzó sus operaciones."
Llanklún escuchaba la noticia como paralogizado, momentáneamente aterrorizado sobre la suerte de su amigo Lautaro.
---" El capitán Alamázar le cortó la cabeza poco después y Fernando la colocó en un de sus lanzas. Dicen que se la llevan a Santiago para exponerla en lo que los españoles llaman "La Plaza de Armas", un potrero en el medio de la aldea, a modo de ejemplo de castigo para quién siga nuestros pasos. No sabemos exáctamente donde está en estos momentos la cabeza del Gran Toqui, pero lo averiguaremos también. El capitán cortó en dos pedazos el cuerpo de nuestro Cacique, los puso en bolsas y desaparecieron con ellas. Todo lo tenemos controlado, pero hay que hacer justicia, hermano Llanklún."
El indio aceptó la idea con varios movimientos cortos de su cabeza.
---" Los dos tienen que morir antes de que termine éste día. Hay que eliminarlos ¡hoy!"
Llanklún comenzó a reaccionar de su primera paralización.
---" No sabemos cuando llegarán de regreso los soldados que viven y vienen a esta casa.", dijo.
---" ¡Esta madrugada! Todo será normal otra vez cuando el sol esté redondo nuevamente. Ese será el momento. El capitán y su amigo deben morir hoy, al terminar la madrugada.", dijo y se retiro suavemente para regresar por el mismo camino que lo había traído.
El dormitorio siguió en silencio absoluto, pero Llanklún no pudo ni siquiera cerrar sus ojos.
CAPITULO 12
Camino a Santiago
Del Nuevo Extremo.
La hora sexta de esa mañana estaba siendo cantada por el centinela de la puerta trasera de la casa. Como en todas las horas de la hora, el eco comenzaba a dar vueltas a la inmensa propiedad, indicando que todos sus guardianes estaban alertas y en sus puestos.
De pronto, un gran ruido de cabalgaduras trotando desaforadamente entró al recinto cerrado por las murallas, despertando a todos lo que vivían en la "Casa de la Castellana". Eran el capitán don Francisco José Almázar de Bermúdez y Cartijo acompañado en el mando por Fernando Uribe Montalbán y Vargas y sus 40 hombres armados hasta los dientes. Venían eufóricos, gritando como si se los llevase el mismo diablo. Entraron al trote largo de sus animales.
Al frente, por supuesto, cabalgaba el joven aristócrata blandiendo una inmensa espada en su mano derecha. Atrás venía un soldado vistiendo armadura como las descritas por don Miguel de Cervantes y Saavedra en su obra "Don Quijote". Portaba dificultosamente una bolsa ensangrentada que colgaba de su brazo derecho. Junto a él, iba otro individuo con la misma carga y el mismo problema. Detrás de todos, apareció Don Fernando con una grueza lanza de ataque y la cabeza de Lautaro tambaleándose macábramente en su punta, a cada paso del caballo.
Entraron como bólidos hasta la caballeriza, desmontaron y cuidadosamente llevaron sus trofeos al interior de la casa. Los indios de los establos no presenciaron la maquivélica escena por estar encerrados en los dormitorios del subterráneo. Pero escucharon aterrorizados los gritos y las rizotadas de los castellanos agrupados tras su dueño abriendo puertas a golpes, sentándose pesadamente en los muebles de madera labrada y pidiendo vino a gritos. Frente a tan tremenda algarabía, los sirvientes del comedor se agruparon en sus puestos y Fernando les hizo salir a la carrera ordenándoles a gritos que sirvieran vino a sus mercedes. Personalmente, fué a buscar una jarra para dársela, con grandes espavientos, a don Francisco José. Se inclinaba con la jarra en alto, su pié derecho adelante, como imitando a las salutaciones en el Palacio Real. Bebieron hasta hartarse y no poder más. Algunos se entusiasmaron con las sirvientas pero se les dijo que debían irse.
En ese momento, el reloj austríaco embutido en una caja de metal labrado, con figuras de Plata y Prosperina, regalo de su padre, indicaba en su esfera superior que eran las seis y media de la mañana. En su segunda esfera, decía que era el mes de Abril y, más abajo, mostraba inmóvil el signo del zodíaco.
Don Francisco José le hizo una seña a Fernando, quién ordenó el cierre de todas las persianas de madera para obtener la obscuridad necesaria y todos fueron enviados a sus camas. Algunos dormían en la casa misma y otros en los dormitorios del fuerte.
Muy a pesar de los deseos de Llanklún, pasó ese día y llegó la noche. El orgulloso aristócrata tuvo una corta conversación con Fernando, antes de retirarse a sus aposentadurías.
---" Donde dejasteis la cabeza del indio y las bolsas con el cuerpo?" preguntó.
---" Están en camino al fuerte, Excelencia. Las envié inmediatamente que llegamos con el soldado de Asturias para que se las entregara al Comandante. Salió a poco menos de 15 minutos, después de nuestra triunfal llegada de ayer por la mañana. No os preocupéis Su Señoría, que están a salvo."
---" ¡Esplendido! Mañana, la cabeza partirá directamente a Santiago para ser entregada personalmente a Don Francisco de Villagra y ser expuesta en la Plaza de Armas. Los pedazos de cuerpo, pués, que se rompan en pequeños cuadradillos y que se den de comer a los perros. El indio se merecía una suerte peor. Pero.digámos yo siempre he sido magnánimo con el enemigo."
---" Y ahora, tras esta extraordinaria victoria, bien nos merecemos un descanso rejuvenecedor. No os preocupéis por mí. Me desvestiré sólo. Mañana muy temprano...es decir en unas pocas horas más, que Pascual me prepare la vestimenta obscura...aquella con la a un costado ...etc.,etc. ¡Buenas noches!" dijo levantando su brazo derecho y subiendo pesadamente la escalera de mármol que lo llevaba a los dormitorios ejecutivos.
Fernando se despidió agachándose ceremoniosamente, como de costumbre, se regresó al vestibulo y se sirvió una copa de vino francés a la espera del despertar de un nuevo día que lo encontró dormido y sentado malamente en uno de los sillones con cojines dorados traídos de París.
CAPITULO 13
El golpe mortal.
Los primeros rayos del sol le cayeron sobre sus ojos a medio cerrar, adoloridos por la falta de sueño y el cansancio general provocado por el agetreo del día anterior.
Fernando abrió primero uno, luego el otro, estiró profundamente sus músculos atormentados y automáticamente se sirvió lo que restaba del vino en la jarra seleccionada antes de sentarse en aquel terriblemente incómodo mueble de la sala principal. Al terminar de despertarse por completo y vió la figura de Paca que le miraba fíjamente y se inclinaba para remecerlo otro poco.
---" ¡Ya es muy tarde, don Fernando! Don Francisco José debe estar listo para vestirse, porque una de las sirvientas del dormitorio acaba de llevarle su desayuno. Apúrese usted, hombre, que Pascual le está esperando..." le dijo con cuidado para no despertar, ademas, el mal genio del castellano.
---" Bueno, pues dile a Pascual que no suba tan rápido y que venga a escuchar las instrucciones de don Francisco José. Tu puedes quedarte en la cocina y disfrutar de tu desayuno que yo me las arreglo para vestir al caballero. Lo mismo vá pa´ Bartolomé. ¡Anda mujer! ¡Véte de una vez!"
Segundos más tarde, Pascual estaba a su lado escuchando las instrucciones. Ambos subieron a preparar el ritual de vestir al aristócrata Capitán de Castilla.
Entraron al dormitorio por una de las puertas de la sala contigua a la recámara, en la que estaban colgados los 57 trajes de vestir, camisas, calzones, zapatos, etc., amén de las 8 armaduras que el jóven capitán tenía a su disposición.
Fernando le indicó a Pascual que buscara el traje negro que siempre acompanaba a la daga favorita de su amoaquel con flecos de seda en la punta.
---" Busca y colócale la daga con mango de oro labrado y los zafiros de la madre...¡Esa que está en aquel armario, hombre! ¡Vamos de una vez! Colócala en su funda y, de paso, trae la espada que le iguala. Muévete rápido, grandulón mazacotudo, que ya estamos atrasados!.", le gritó a tiempo que le empujaba por entre los trajes colgados meticulosamente.
Pascual siguió las instrucciones al pié de la letra. Una vez que los había recolectado, los colocó cuidadosamente sobre un maniqui con las medidas del jóven español. En un portador de armas largas dejó la espada y, con mucho cuidado, puso la daga tal como le habían instruído.
Pero lo que Llanklún hizo seguidamente, no fué observado por ninguno de los dos ocupantes de la pequeña salita.
En los días que siguieron a los acontecimientos ocasionados por la inesperada muerte de Lautaro y, consecuentemente, los resultados de la acción tomada por el jóven mapuche, Llanklún continuó ejecutando lo que muchos de sus compatriotas llamaron " La Justicia Araucana".
Luego de reunir cerca de ciento cincuenta guerreros que le juraron lealtad en su tarea de matar a los asesinos de su amigo y Jefe, Lautaro, el mocetón inició una especie de guerra de guerrillas caracterizada por dos o tres escaramuzas bélicas al mismo tiempo. Creó serias y difíciles situaciones socio-económicas entre los españoles que habían visualisado una victoria final por la muerte del dirigente de los "indios alzados", como se atrevieron a categorizarlos.
Vieron con preocupación que los principios bélicos del desaparecido Lautaro, continuaban vivos entre los seguidores de su raza. Recordaron los comienzos del gran guerrero mapuche, cuando actuaba de esa misma manera. La gran diferencia, hasta ese momento, consistió en que Lautaro consiguió iniciar una de las guerras más crueles, efectivas y más dañinas para los castellanos. En Llanklún, que ellos llamaban " Pascual de Arauco", vieron la misma potencialidad.
De manera que hicieron uso de todos los medios para evitar su crecimiento. Y lo consiguieron una noche de invierno. Cuando dormía, lo apresaron gracias a la traición de alguien que reveló a los españoles el paradero de las fuerzas guerrilleras del jóven hijo de Atapail y Shani.
En uno de los calabozos del fuerte Mataquito lo declararon culpable, le juzgaron los mismos oficiales que le habían apresado y le decapitaron en su celda. Llanklún no había alcanzado a sus veintitrés años de edad. Sus companeros, más tarde, lo compararon siempre con Lautaro pero, por supuesto, en una categoría diferente de héroe revolucionario.
Mientras esto sucedía, sus compatriotas comenzaron el declive general de la guerra araucana. Porque los mapuches regresaron a los tiempos pasados a la vida cívica del Gran Toqui. Estaban inmensamente desorganizados y hambrientos. Un alto porcentaje de la población se enfermó. Sufrieron contínuas y sangrientas derrotas en mano de los "huincas", como llamaban a su enemigo, que se ensañaba cada vez más contra ellos, aprovechando esa inseguridad y anarquía que produce la falta de un verdadero dirigente.
Pero fué por corto plazo porque el Cacique Caupolicán, uno de los más fornidos hombres de la Araucanía, en ese momento, tomó mando de las tropas mapuches y continuó la senda de lucha que había iniciado Lautaro. Con Caupolicán a la cabeza, los indios de Arauco revivieron la defensa de su querida tierra. Los españoles jamás se esperaron un renacimiento "in crescendo" de la bravura araucana.
El espiritu de Lautaro, el apoyo de Llanklun, la sombra de Ñándu y la astucia política de Atibail, fueron la inspiración necesaria en los nuevos campos de batalla.
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CAPITULO 13
El golpe mortal.
Los primeros rayos del sol le cayeron sobre sus ojos a medio cerrar, adoloridos por la falta de sueño y el cansancio general provocado por el agetreo del día anterior.
Fernando abrió primero uno, luego el otro, estiró profundamente sus músculos atormentados y automáticamente se sirvió lo que restaba del vino en la jarra seleccionada antes de sentarse en aquel terriblemente incómodo mueble de la sala principal. Al terminar de despertarse por completo y vió la figura de Paca que le miraba fíjamente y se inclinaba para remecerlo otro poco.
---" ¡Ya es muy tarde, don Fernando! Don Francisco José debe estar listo para vestirse, porque una de las sirvientas del dormitorio acaba de llevarle su desayuno. Apúrese usted, hombre, que Pascual le está esperando..." le dijo con cuidado para no despertar, ademas, el mal genio del castellano.
---" Bueno, pues dile a Pascual que no suba tan rápido y que venga a escuchar las instrucciones de don Francisco José. Tu puedes quedarte en la cocina y disfrutar de tu desayuno que yo me las arreglo para vestir al caballero. Lo mismo vá pa´ Bartolomé. ¡Anda mujer! ¡Véte de una vez!"
Segundos más tarde, Pascual estaba a su lado escuchando las instrucciones. Ambos subieron a preparar el ritual de vestir al aristócrata Capitán de Castilla.
Entraron al dormitorio por una de las puertas de la sala contigua a la recámara, en la que estaban colgados los 57 trajes de vestir, camisas, calzones, zapatos, etc., amén de las 8 armaduras que el jóven capitán tenía a su disposición.
Fernando le indicó a Pascual que buscara el traje negro que siempre acompanaba a la daga favorita de su amoaquel con flecos de seda en la punta.
---" Busca y colócale la daga con mango de oro labrado y los zafiros de la madre...¡Esa que está en aquel armario, hombre! ¡Vamos de una vez! Colócala en su funda y, de paso, trae la espada que le iguala. Muévete rápido, grandulón mazacotudo, que ya estamos atrasados!.", le gritó a tiempo que le empujaba por entre los trajes colgados meticulosamente.
Pascual siguió las instrucciones al pié de la letra. Una vez que los había recolectado, los colocó cuidadosamente sobre un maniqui con las medidas del jóven español. En un portador de armas largas dejó la espada y, con mucho cuidado, puso la daga tal como le habían instruído.
Pero lo que Llanklún hizo seguidamente, no fué observado por ninguno de los dos ocupantes de la pequeña salita.
En el sector adonde estaba la espada, había un viejo y sucio mandoble, con manchones negruzcos en su hoja, quizás una sangre añeja de una batalla cualquiera. Automáticamente lo tomó, lo colocó disimuladamente casi a la orilla de aquel mueble usado para este tipo de instrumentos y continuó con su tarea regular. Fernando, por su parte, ordenó la ropa interior, los zapatos y las medias largas sin siquiera darse cuenta de lo que había sucedido. El espacio que restaba después de la ropa, era relativamente pequeño pero bien cabían unas cuatro personas. El jóven capitán español entró aún somnoliento y a medio dormir.
---" ¡Ah! Más vale que te hayan dicho lo que quiero porque, de no ser así, pués te irás de azotes para refrescarte la memoria", le dijo al término de un largo bostezo y un estirón de huesos. Fernando se sonrió con gusto. Cerro trás del jóven la puerta que conectaba al vestidor con el dormitorio mismo. Le fué colocando la ropa interior. Al terminar, hizo una indicación levantando su mano derecha para que el mapuche iniciara su proceso de colocarle el complicado traje.
Primero, la camisa negra de felpa. El cuerpo, un brazo y el otro. Despues, estiró un poco la parte de atrás. Ahora los pantalones plizados con pequeñas piernas redondas, como si fuesen un globo, pero que le llagaban hasta la rodilla, también de felpa con aperturas a lo largo y las que dejaban ver un fondo del mismo color. El militar estaba parado. Se veía cansado, inquieto, a punto de indignarse porNadie sabía el por ! Decidió estirar sus músculos otro tanto.
¡Llanklún aprovechó el momento!
En cuestión de segundos, el mapuche tomó el mandoble que había apartado y dejado a la orilla de aquel aparador especial y, como un rayo, lo blandió con toda su fuerza en el cuello de Fernando, cortándole inmediatamente la cabeza. Un torrente de sangre saltó a la cara del oficial que terminaba de estirarse.
De inmediato, sin perder tiempo, tomó a Don Francisco José del cuello, le echó la cabeza hacia atrás y le rajó la garganta de lado a lado, de oreja a oreja. El hombre abrió sus ojos y cayó al suelo en un ahogo sonoro, bañado en sangre saliéndole descontroladamente por la yugular y, con ello, dejando empapado al mapuche. Sin perder mucho tiempo, Llanklún se quitó la ropa europea que llevaba puesta, salió a trote largo por la puerta que había usado al entrar, bajó casi a saltos los escalones de la gran escalera de mármol, corrió sin mayores espavientos por la sala principal, abrió la gran puerta de la casa y se dirigió a toda carrera hasta las caballerizas.
Allí lo esperaba Kallfulém con dos caballos ensillados. Cada uno montó en su animal y, como un rayo, se dirigieron hasta el portón principal. Se detuvieron unos segundos dudosos por la continuación de la huída. Pasaron casi veinticinco de estos segundos interminables.
Cuando menos se lo pensaron, una de las pesadas hojas de la puerta de madera maciza se movió abriéndose lo suficiente como para que pasaran en fila india. No tuvieron duda alguna y lo hicieron de inmediato.
Fué en ese instante cuando vieron que un indio saltaba con sus brazos y piernas pegadas al cuerpo, desde la parte de afuera de la muralla, cercando a la casa. Cayó encluquillado y con una jenuflexión se enderezó ágilmente. Era nada menos que Ñándu, el amigo personal de Llanklún, el muchacho que lo había acompañado fielmente a su reunion con Lautaro, allá por los valles lejanos.
Arrancaron sus caballos en dirección directa hacia el jóven araucano, lo tomaron del medio brazo. Con el impulso, Ñándu cayó sobre el anca del animal montado por Llanklún y los tres salieron velózmente hacia el corazón de la araucanía.
Obviamente que todo había sido planificado previamente por Huenunánco, en una de sus últimas tareas aprobadas por el Gran Toqui Lautaro, hijo de Curiñanco, Gran General de las Fuerzas Armadas de la Araucanía chilena y amigo personal de Llanklún, nuestro "Pascual de Arauco".
EPILOGO.
En los días que siguieron a los acontecimientos ocasionados por la inesperada muerte de Lautaro y, consecuentemente, los resultados de la acción tomada por el jóven mapuche, Llanklún continuó ejecutando lo que muchos de sus compatriotas llamaron " La Justicia Araucana".
Luego de reunir cerca de ciento cincuenta guerreros que le juraron lealtad en su tarea de matar a los asesinos de su amigo y Jefe, Lautaro, el mocetón inició una especie de guerra de guerrillas caracterizada por dos o tres escaramuzas bélicas al mismo tiempo. Creó serias y difíciles situaciones socio-económicas entre los españoles que habían visualisado una victoria final por la muerte del dirigente de los "indios alzados", como se atrevieron a categorizarlos.
Vieron con preocupación que los principios bélicos del desaparecido Lautaro, continuaban vivos entre los seguidores de su raza. Recordaron los comienzos del gran guerrero mapuche, cuando actuaba de esa misma manera. La gran diferencia, hasta ese momento, consistió en que Lautaro consiguió iniciar una de las guerras más crueles, efectivas y más dañinas para los castellanos. En Llanklún, que ellos llamaban " Pascual de Arauco", vieron la misma potencialidad.
De manera que hicieron uso de todos los medios para evitar su crecimiento. Y lo consiguieron una noche de invierno. Cuando dormía, lo apresaron gracias a la traición de alguien que reveló a los españoles el paradero de las fuerzas guerrilleras del jóven hijo de Atapail y Shani.
En uno de los calabozos del fuerte Mataquito lo declararon culpable, le juzgaron los mismos oficiales que le habían apresado y le decapitaron en su celda. Llanklún no había alcanzado a sus veintitrés años de edad. Sus companeros, más tarde, lo compararon siempre con Lautaro pero, por supuesto, en una categoría diferente de héroe revolucionario.
Mientras esto sucedía, sus compatriotas comenzaron el declive general de la guerra araucana. Porque los mapuches regresaron a los tiempos pasados a la vida cívica del Gran Toqui. Estaban inmensamente desorganizados y hambrientos. Un alto porcentaje de la población se enfermó. Sufrieron contínuas y sangrientas derrotas en mano de los "huincas", como llamaban a su enemigo, que se ensañaba cada vez más contra ellos, aprovechando esa inseguridad y anarquía que produce la falta de un verdadero dirigente.
Pero fué por corto plazo porque el Cacique Caupolicán, uno de los más fornidos hombres de la Araucanía, en ese momento, tomó mando de las tropas mapuches y continuó la senda de lucha que había iniciado Lautaro. Con Caupolicán a la cabeza, los indios de Arauco revivieron la defensa de su querida tierra. Los españoles jamás se esperaron un renacimiento "in crescendo" de la bravura araucana.
El espiritu de Lautaro, el apoyo de Llanklun, la sombra de Ñándu y la astucia política de Atibail, fueron la inspiración necesaria en los nuevos campos de batalla.
lEn esta historia el autor ha querido reconocer la valentia de nuestros indios mapuche, en especial a Lautaro
La llegada de los españoles encontró al mapuche en una situación muy especial en comparación con la evolución de otros pueblos aborígenes invadidos por los europeos. Era una sociedad que aún no había sufrido en plenitud la revolución agrícola, por lo tanto, no se habían asentado todavía en comunidades productoras sedentarias(...). Pero el pueblo mapuche tampoco estaba en el estadio evolutivo de las bandas de cazadores sin organización ni asentamiento alguno.
1. Los mapuches han pasado a la historia como un pueblo de altas dotes militares. No, obstante, antes de la llegada de los españoles a Chile, los mapuches estaban lejos de construir una sociedad militar. Por de pronto, no existía ninguna razón para ello , no había disputas por la propiedad territorial, tampoco por escasez de alimentos, ni esclavitud, ni rapto de mujeres . Pero desde el momento de en que irrumpieron los españoles, los mapuches, a fin de sobrevivir, tuvieron que convertirse rápidamente en un pueblo guerrero. Eso quiere decir que el impacto de la guerra alteraría muchas de las relaciones sociales y políticas originarias. en lo político la guerra trajo consigo una extrema centralización, con el consiguiente fortalecimiento del poder de los caciques. .
De igual manera, a fin de contrarrestar las embestidas del enemigo, el mapuche aprendió a conocer su lógica de guerra. No solo se apropió de las armas y de los conocimientos bélicos de los españoles, sino también de sus animales.De este modo, los mapuches pasaron a convertirse en un pueblo de avezados jinetes, identidad étnica adquirida que conservan hasta hoy.
Fernando Mires (De su libro: "El Discurso de la Indianidad" .
INTRODUCCION
Dedicatoria.
A mi hija Maria Elena, por su amor y dedicacion a los indios de todo el mundo, especialmente a los mapuches. Por su incansable trabajo en favor de los aborigenes en general.
QEPD.
Historias chilenas
Historias de Chile
Es mi sincero deseo que usted haya disfrutado de esta historia, la que integra a "Mi atado de cuentos." Le invito a leer la seccion "Aventuras" donde encontrara titulos como "La Gran Batalla de Santiago", cuento politico en tiempos de otra dictadura militar;"Los Ilegales", el ingreso a EE.UU. de un grupo de latinoamericanos y relatado por un joven periodista chileno trabajando como reportero en Nueva York. Y "Traicion en Maiquetia", como y lo que sucedio cuando los venezolanos se deshicieron del dictador Perez Jimenez . Pero hay muchos mas, en una lista de 12 relatos chilenos ocurridos en la patria, Mexico y Puerto Rico. Regrese a la lista