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DEDICATORIA.

Esta historia quiero dedicarsela a mi hermana Maria Angelica Vergara  y a su marido, qepd, Marcelo  Bustos. Gracias por la amistad personal que siempre nos brindaron, a mi mujer y a mi, por vuestro  sentido del humor tan tipicamente chileno y para recordarles que, antes de vivir por montones de anos entre Antofagasta e Iquique, por un largo tiempo, tambien, fueron santiaguinos como yo.


INTRODUCCION.




En la época en que se desarrollan esta historia corta que ofrezco a continuación, Santiago era una ciudad relativamente pequeña, un tanto obscura con edificios bajos y grices, calles céntricas estrechas y una urbanización bién planificada pero definitivamente inapropiada para el futuro. La mentalidad del santiaguino estuvo siempre preparada para un avance radical.

El subterraneo llegó con mucha lentitud porque los partidos políticos prefirieron postergarlo indefinidamente, creando excusas financieras, pretextos inconclusos, maniobras eleccionarias, etc.,etc. Su maqueta se exhibió a los periodistas cuando el Presidente de la República era el General Carlos Ibañez del Campo. Nada pasó hasta la presidencia de Salvador Allende. Cuando se superaron las dificultades creadas por los cuarenta partidos políticos y sus cuarenta opiniones contra cualquier entendimiento, la capital cambió drásticamente y se convertió en una ciudad de urbanización dinámica, práctica y atractiva. Ahora, es una metropolis diferente que está a la altura de cualquiera otra y para cualquiera eventualidad requerida por esta época moderna de la computación, del Internet, de las cadenas televisivas mundiales, de las comunicaciones por satélite, viajes aéreos supersónicos, etc.

A decir verdad, y en mi opinion personal, el subterraneo le cambio la cara a Santiago. Hoy es  una capital digna de la nación que actualmente marcha en forma acelerada a la cabeza del Continente Hispanoamericano.

Las historia que ofrezco a continuación, sucede en esa época pasada. En el ayer que pocos chilenos recuerdan. Porque, en realidad, eran tiempos en que, entre otras cosas, desconocíamos la televisión, las computadoras no existian, las cuestiones espaciales eran extremadamente remotas y todo aquello que hoy nos lleva por una vida apresurada, llena de tensión que elegantemente calificamos con el inglesismo de "stress", interminables dolores de cabeza, enfermedades pulmonares, etc., que no son otra cosa que los ingredientes necesarios para darnos el problema cardíaco final.

Bienvenidos, entonces, al mundo internacional. Al mundo que sonabamos y al que queriamos ir a toda costa.

Pero, ¡Claro! Hoy hay un Chile más enérgico, más moderno, más rápido, mejor industrialisado, práctico y "más encuadrado en los adelantos mundiales." Antes, todo era mucho más tranquilo, mucho más simple, más familiar, agradable, afable, más criollo y "menos encuadrado en los adelantos mundiales."

Esta historia, se la dedico a todos aquellos que en la actualidad viven en este mundo moderno de hoy, donde las teclas y los botones de una computadora hacen "la" gran diferencia, donde todo es más importante que una amena conversación con viejos amigos en un café del centro, donde las golosinas tradicionales fueron reemplazadas por los caramelos americanos que, ciertamente, jamás ocuparán el lugar de las sustancias de Chillán, de los cuchuflís y de los barquillos regalados al cliente que le tocaba una llapa de acuerdo a la cantidad comprada. Eran adjudicados por una ruleta en la tapa de un inmenso tambor, indicando el número de barquillos que nos tocaba. Aunque el sistema era proveniente de Madrid, los chiquillos chilenos gozaron por muchos años del privilegio. Al irse éstos ingredientes nativos, se llevaron con ellos el sabor y la personalidad criollas de nosotros.

Es quizás por todo esto que el cuento que ofrezco a continuación, no sólo traerá un recuerdo a más de algún lector, sino que hasta nos regresará milagrosamente a nuestro pícaro folclore capitalino.  






PROLOGO

En comparación con la actualidad, es decir, mucho antes de que las autoridades siquiera pensaran en construir el subterráneo, la movilización colectiva de la capital era una aventura peligrosa y cómica.

Había toda clase de vehículos.



Los tradicionales.




Eran tranvías alemanes, pero de los buenos y firmes.
De uno o dos pisos tirando acoplados abiertos o cerrados, con o sin plataforma, para invierno o verano, etc., etc. Mayormente andaban por el centro, la Alameda y hasta llegaban a la Plaza Pedro de Valdivia.

Estaban también las "cabritas".
Incómodas carretelas de asientos laterales acolchonados, tiradas por un caballo y estacionadas mágicamente en las afueras de la Estación Central, por allá por la Alameda abajo, cerca de "Las Cachá's Grandes", aquella cafetería en la que servían esas inmensas tazas de café acompañadas por kilos de pan amasado, tortillas de rescoldo y sopaipillas más grandes que el plato en que venían. Todos revueltos en una tremenda canasta que le colocaban frente al tazón.

También había autobuses de dos pisos.
De esos como los en Londres, pero que en la capital tuvieron relativamente corta vida. No corrian sobre llanta infladas sino que sobre ruedas de caucho. Nunca se supo el por qué pero los sacaron misteriosamente de la circulación. A lo mejor los británicos chilenos exijieron exclusividad a consecuencia de añoranzas.



Los Rompedores. 
 



¡Ah, los trolleybuses!
Era, también, la época en que aparecieron unos gigantes trolleybuses fabricados en Detroit, montados en inmensas llantas y navegando con dificultad por las estrechas calles capitalinas. Quizás por haber sido los primeros o porque estabamos acostumbrados a las micros pequeñas, la población se tomó su tiempo para decidirse, finalmente, a aceptarlos como parte integral de la movilización colectiva futurista. El primer recorrido fue de Plaza de Armas al Golf. Creo que llevaban el numero 1. Despues, los extendieron a la linea Bilbao. Llegaban hasta la Plaza Los Leones y regresaban a Plaza de Armas. Mas tarde vino la linea 3 partiendo de un costado del rio Mapocho, al principio del Parque Forestal, casi fcerca de la calle San Antonio.

Por un tiempo considerable muchos prefirieron, primero, tomar a los manufacturados en Francia. Eran más compactos.Menos destartalados que los de los gringos.  En todo caso, ambos deambulaban por Santiago rompiendo lastimosamente nuestras calles.

¿Y los buses nipones?

Tampoco lo hacían nada de mal aquellos monstruosos autobuses japoneses de la Mitsubishi, habilitados con bulliciosos motores americanos de la General Motors, que doblaban las esquinas en dos y hasta en tres agotadoras maniobras. Duraron relativamente poco pero, en todo caso, mas tiempo que los monstruos siguientes.

¿Se acuerdan de los terribles Fiats verdes?

Pero, ¿ Quién podría olvidarse de éstos irritables, horribles y fétidos autobuses verdes de la Fiat? En comparación con la dimensón exagerada de su carrocería, poseían un pequeño motorcito que roncaba desesperadamenete tratando de mover su molees decir, su carrocería. Hasta daba pena escucharlos y verlos como botaban aceite por todos lados tratando de transportar a sus pasajeros inconcientes de que, apelotonados en los pasillos y colgando de sus endebles pisaderas, le hacían la tarea todavía más difícil. Por casi dos años bañaron el asfalto con su aceite quemado y maloliente. Por fortuna, se destartalaron tan rápido que su vida chilena fué de muy corta duración.



Los Peligrosos.




¡Horrory llegaron las famosas liebres!

El tránsito capitalino comenzó a ser difícil, irritante y peligroso cuando llegaron las siempre y bien ponderadas liebres. Eran unos vehículos pequeños, generalmente de la Mercedes Benz, diseñados con una capacidad máxima de entre diez a doce personas sentadas. Los fabricantes alemanes fueron bien precisos en ese sentido. Pero, por supuesto, sus propietarios descubrieron que la única manera de pagarlos rápidamente era agregándoles pasajeros parados. Así entónces, era normal ver a un lamentable número de peatones, apretados como sardinas y de pié en esos pasillos pequeños, equilibrándose dificultosamente, con sus cabezas gachas rosando el techo, transpirando "la gota gorda" y equilibrandose desesperadamente para no caer en la falda del suertudo que estaba sentado. Especialmente si era un hombre entrado en años, casado, con hijos, teniendo la desastrosa prosibilidad de aterrizar en la falda de una chiquilla buenamoza en plena y brillante juventud, con dos inmensos "ojos azules", además.

El vehículo no fué diseñado para ese exceso. Indudablemente que su uso y abuso indebido, los hizo desaparecer en una lenta agonía.


Las inevitables.




Las viejas y queridas micros..destartaladas y todo, que después de todo eran el panorama santiaguino, parecieron ser las más confiables. Se trataba simplemente del chasis de un camión americano convertido en autobús, gracias a los ingeniosos caroceros capitalinos.
De una manera u otra y pese a que los pasajeros colgados y apretujados las fueron derrumbando lentamente, siempre caminaron y dieron un servicio más o menos fijo. Aparentemente, a nadie le importaba su apariencia. De otra manera no se explica como es que se les permitia transitar en tan lastimosa apariencia, sin el parachoque detantero o con un solo tapabarro. Sus asientos,  tenían hoyos tán grandes que la única manera de usarlos era acomodando las nalgas malamente entre sus "cototos"de hule mal surcido. Era cosa común ver a pasajeros sentados con la cabeza pegada al techo, arriba de estos incómodas protuberancias que, generalmente, se ubicaban encima de una de las ruedas traseras. Sentarse en ese lugar era una tragedia. No solo era dificil colocarse sobre ese famoso cototo creado por el barato de su dueno, sino que habia que hacer milagros con los pies. No cambian en ninguna parte. Casi todos los pasajeros sentados sobre las ruedas traseras, debian llegar tullidos a sus trabajos.


Las había de todas clases.

¡Chatas! ¿CHATAS?

Unas llevaban el motor normal, es decir, adelante pero con la mitad de la maquina dentro de la cabina.. Cabían más pasajeros, especialmente estudiantes sentados que querian disfrutar del panorama o aquellos que buscaban bajarse rápidamente para cuando "la lata llevara muchas sardinas", según la expresión popular. Pero, había otras que lo tenían casi totalmente adentro. A esas, se les llamaba "chatas". ¿Y por qué? Porque parecía que habían recibido un puñete de Arturo Godoy, el famoso boxeador chileno de fama internacional, que peleó con el campeón mundial Joe Louis, en una serie de exhibición.

Ya fuese en las normales o en las chatas, el asiento de adelante que corría por los costados de donde iba el chofer, era simplemente¡horrible! No sólo había que tolerar el estado de ánimo de ciertos conductores, sino que el espacio era extremadamente pequeño. Las rodillas quedaban pegadas al acaparazon del motor. Había que ser algo así como un malabarista para sentarse. El derecho adquirido de hacerlo alli acarreaba la consecuencia de quedar tullido, adolorido, cansado, con los músculos hecho tiras y otras dificultades. Pero lo peor venia al momento de enfrentarse a lo que era la inmensa dificultad de bajarse. No sólo quedaba uno con el traste  adolorido sino que desde los zapatos y hasta la cinturael organismo quedaba arruinadocomo si hubiese ido al gimnacio por varias horas. En fin, tieso como para el resto del día. ¡AH!.y ¡ Que Dios le bendiga  si el desgraciado sentado a su lado derecho quería bajarse antes que usted! ¡Já! Era lo que el hombre o la mujer necesitaba para arruinarse el resto de la semana, o algo por el estilo. A lo mejor usted se acuerda. Quizás el problema sigue tal cual. No sé. Yo dejé Chile hace muchos años. Las mujeres chilenas, que siempre han sido más prácticas y más inteligentes que nosotros los hombres, casi nunca se sentaban allí. ¡Preferían irse de pié! Siempre esperaban la gentileza de un chileno que les daba el asiento al verlas colgando de aquellos tubos cebosos y sucios que aseguraban al pasajero. Por supuesto que había excepciones.

El asunto es que, en ese tiempo, las micros estaban pintadas según el recorrido. Sus clientes las conocían de lejos y todos las reconocían a la distancia. Asi, entonces, muchas personas corrían desaforadamente por toda una cuadra  para abordarlas automáticamente y llegar sin problemas a su destino. Pero un buen día, las autoridades santiaguinas o, quizás, un político ignorante, interesado, sin otra estupidéz en que pensar, decidió jugarle una mala pasada a la pobre población capitalina. ¡Nadie supo el nombre del culpable! ¡Jamás!

Bueno, el asunto es que un buen dia, la Municipalidad santiaguina decidió pintarlas todas iguales para uniformar el colorido microbusero en la desdichada locomocion colectiva de la capital. Decidieron tomar los colores del recorrido Bilbao-Canal San Carlos-Estación Central. Total, deben haber pensado los genios de la idea, Londres, París, Madrid, Viena, etc., etc., lo habían hecho fácilmente¡Y con éxito! Se les dijo a sus propietarios que colocaran la identificación del recorrido mediante un número en la ventana trasera para permitir que los usuarios las identificaran sin dificultad.

¡PROFUNDO ERROR!

¡GRAN CAOS!¡Que metida de pata más profunda, señor político!

En primer lugar nunca, y probablemente hasta el día de hoy, consiguieron que los propietarios colocaran el mentado número en su lugar. Así las cosas, sólo consiguieron que centenares de santiaguinos se perdieran miserable y diariamente en esos mimetizados autobuses que los llevaron hasta sitios desconocidos, totalmente fuera de lugar, a barrios opuestos a los que querian viajar. Por supuesto, se demoraron horas en el ansiado regreso a casa, sin conocer el camino, totalmente perdidos en el cototo del mundo, en un sitio totalmente extrano y sin un telefono a mano para hablar con la familia. Hey, estaban en un barrio desconocido, solo, a lo mejor sin plata y más peridido que el Teniente Bello.

¡ Fué una muy, pero muy buena broma para los capitalinos que no tenían mucho tiempo para ir a almorzar a sus hogares y quienes, generalmente, no pensaban muy bien con el estómago vacío! Por suerte para estas pobres almas, la idea desapareció por sí solay más o menos rápidamente.

Así las cosas, las micros volvieron a la normalidad con sus viejos colores por recorrido, tapabarros desprendidos, puertas a medio cerrar, vidrios reemplazados por cartones, amén de sus roñosos asientos con cototos, etc., etc.

¡El santiaguino regresó a la felicidad! Porque viajar en estos artefactos no solamente era peligroso. ¡ No señor! También era cómico, entretenido y diferente.

Pese a todas estas dificultades, es justo decir que su existencia siempre dió un sentido de aventura a la vida cuotidiana de la gran capital. A lo mejor ustedes piensan que viajar en las micros santiaguinos era aburrido, antipático y desgradable. Bueno. En algunos casos. Es decir, cuando se ponía pesado el chofer o cuando uno de esos eternos e infaltables borrachitos subía al aparato.¡Quizás! En todo caso, la necesidad de viajar en ellas se hacía más aceptable gracias al sentido del humor que, como en el caso de nuestro siguiente relato, siempre caracteriza al chileno.
CAPITULO UNICO.




La temperatura era ideal en ese día soleado y fresco de primavera santiaguina. El ambiente en general era extraordinariamente agradable. La cordillera de Los Andes aún mantenía su nieve blanca y visible, bordando los picos de sus montañas. En los jardines las flores eran multicolores y perfumaban cuadras enteras. Los prados del Parque Japonés - también conocido como "Gran Bretaña"- se veían de un verde esmeralda, como invitando a sentarse bajo los cerezos en flor regalados a principios del siglo por el gobierno Imperial del Japon.

Iniciándose a un costado de Plaza Italia y terminando donde hoy se encuentra el edificio de las "Torres de Tajamar", de larga y misteriosa construcción, el parque adornaba y embellecía más que nunca las primeras cuadras de la Avenida Providencia, como invitando a todos a que se olvidasen de sus compromisos, del trabajo, de la visita o de lo que fuera, y disfrutaran de la estupenda naturaleza internacional plantada en sus prados.

Al detenerse en esa esquina de Providencia y Plaza Italia, donde la Ilustre Municipalidad de Santiago colocó con cierta dificultad financiera y unos cuantos años demasiado tarde, una extraña, incongruente y peculiar estatua del ex Presidente Don José Manuel Balmaceda, el autobus ya estaba repleto de pasajeros. Había iniciado su recorrido en el Canal San Carlos, viajado por Bilbao, recogido más gente de la que se bajaba en los paraderos desde la Plaza Los Leones hasta la Plaza Baquedano, adonde ahora se encontraba ahora.

Después de subir sus dos últimos clientes, un anciano judío y su esposa viviendo en los edificios del Seguro Social, por Ramón Carnicer y orillando el Parque Bustamante, frente a lo que era la estación del tren a Puente Alto, el vehículo siguió su camino hacia el centro para finalizar allá por La Pila del Ganso, bastante más al sur de la Estación Central.

Dejaba ahora la llamada "Puerta del Barrio Alto", es decir Plaza Italia, rodando pesadamente alrededor de la estatua al General Baquedano y su caballo, entraba a la Alameda Bernardo O'Higgins y se acercaba al Cerro Santa Lucía para cumplir, así, con el tramo previo al sector céntrico capitalino.

Como siempre, iba repleta con pasajeros colgando en ambas pisaderas, "pavos" en el parachoque de atrás, etc., etc. Era, en buenas palabras, una masa humana prácticamente pegada al acaparazón. En el barrio alto, pudo haber sido una tranquila micro Bilbao- Estación Central-Pila del Ganso, que ahora, más parecía a un racimo humano que a un artefacto del servicio de la transportación pública.

En su interior, los pasajeros apretados como su fuesen sardinas en lata, iban de aquí para allá gracias a la rudeza del conductor. Eran una masa  sacudida, empujada y tirada con marcada violencia para todas direcciones debido al movimiento del infernal vehículo. Quienes iban incómodamente sentados mirando por las ventanas, se enconchaban en sí mismos cada vez que los pasaba una "liebre". Porque el conductor parecía no tener la menor intención de esquivarla. Y lo peor del caso era que a ratos, una de éstas "liebres", que también corría a gran velocidad emparejándose al bus y tratando de ganarle el paradero siguiente, casi raspaba a la micro. Los que estaban a la izquierda, al mismo lado del chofer, iban casi recostados en las faldas de las chiquillas buenasmozas. Los hombres con placer, por supuesto, y las mujeres¡indignadas! Mientras tanto, por el sector derecho del carro, todos estaban más que seguros de que, de un momento a otro, el roto del chofer iba a llevarse a más de un auto estacionado cerca de la vereda. Todos, en general, viajaban con el miedo lógico de quedar como estampillas pegadas entre la pared del edificio y ese minúsculo vehículo que los perseguía fieramente.

Habia pasajeros para todos los gustos. Grandes, chicos, regordetes, colgando, colados, con o sin paquetes, llevando o no canastas dentro de un autobus que, con capacidad para cuarenta, portaba casi a más de cien individuos. Por su parte, el chofer les complicaba miserablemente sus vidas molestándolos con pedidos absurdos y, definitivamente, imposibles.

---" ¡Correrse pa'atracito pol favol!"
---" ¡ Esconda la guata, la viejit'el medio"!.
---" ¡ No se hag'el vivo ca'llero y deje pasar al churro"!

Pero la clientela no tomaba tan en serio la cosa.

---" ¡Pégate otra frena´íta, uónpa´conversal con la cabrit´el primer    asiento!"
---"¡ Frena e´nuevo, pu jetón, pá canta´miun tanguito en l´oreja ´e la vieja´el la´o!"
---"¡ Puchas mijita, ni se preocupe. Péguese otra atraca´íta no má!"

Pero lo peor estaba por venir. De pronto, desde la puerta trasera, se escuchó el extraño canto de un niño.

---" Ca'allero del'ersueño....(pausa para respirar ruidosamente)...llevo plumas en l'esparda...!

La voz quebrantada por los golpes que iba recibiendo, los pisotones que le daban, los encontrones y agarrones de pasajeros que estaban a punto de caerse, amén de los piñizcones por doquier, procedía de un niño extremadamente harapiento. Tendría unos diez años de edad, más o menos delgado, con grandes razgos de desnutrición, abundante y descuidada cabellera rojiza y tieza, por falta de agua, el que cantaba dificultosamente algo parecido a un vals peruano. Se acompañaba con un par de cucharas de sopa, azotándolas contra su pecho y tomando una pose con cierto dejo de gitano andalúz.

---"...Y pol que me'hai querido pelvelsa...?" ¡Otra voz! ¡ Otro cantante!

Esta vez era la de un niño muy parecido al anterior, con zapatillas relativamente nuevas. Semi colgado de la pisadera delantera  trataba desesperadamente de cantar hacia el interior del vehículo. Pero desgraciadamente para él, tenía su cabeza misteriosamente enredada en el sobaco de una jovencita que le correteaba dificultosamente con la punta de su zapato. Eso de "misteriosamente enredada en las axilas de la chiquilla"podría ser dudoso.

Además de oler bastante mal, su ropa era tán o quizas más tirillenta que la de su colega. Su cara era un mapa de piñén incrustado en la piel morena. Llevaba  grandes parches multicolores en las nalgas de sus pantalones cortos, sueltos y amarrados al cinto con una pitilla. También en los tenia en las rodillas y cerca del marrueco....Y, lógicamente, traía su par de cucharas de sopa. Usando los codos para aferrarse, se hizo paso dificultosamente pero llegó cantando a gritos casi a los primeros asientos.

Pese a sus cortas edades, ambos eran muchachos de experiencia en estos menesteres de cantar en recintos públicos, con el máximo de bulla y total sangolotéo. Estaban acostumbrados a que los choferes los corretearan. De manera que la estrategia era simple: cantar rápido, agarrar lo que pudierancuando, como y donde pudieran. La técnica era tan perfecta que, simplemente, funcionaba a las mil maravillas. Algunos eran rateros muy bien instruídos, conocedores de su arte, cartereros de profesión. Así, por lo menos, les catalogaban los carabineros que por su parte, en todos los viajes, eran los invitados sin pagar. Logicamente, la amabilidad tenia dos caras. Porque, estando el chofer en problemas de transito, con ese gesto pretendian que le devolvieran la mano. En otras palabras, esperaban el perdon de las infracciones cometidas.

Llevando éste micromundo del Santiago folclórico, el autobus siguió por Alameda acercándose a Estado.

---" Pare chofer, que se baja un ca'allero," gritó angustiosamente un niño tan flaco y mal vestido como los cantantes, pero más pálido, más ojeroso y de cachetes chupados. Iba malamente parapeteado en el pequeño y bastante incómodo  asiento al lado derecho del chofer, casi pegado al bastón de cambios y trás una barra de hierro que en lugar de protegerlo se le incrustaba dolorosamente en sus pobres y pequeñas genitales. Hacía las veces de cobrador, inspector, anunciador, abridor, cerrador y custodio de la puerta trasera. Y como si éso fuera poco, era el hijo único del conductor. Indudablemente que ello lo convertía, automáticamente, en el co-propietario, responsable de los "cola´os" y defensor absoluto del chofer, su padre. Pero, lo peor de todo era que el chiquillo estaba total y absolutamente poseído de sus atributos. Por ende, su actitud desafiante hacía más que irritable el viaje para los sufridos pasajeros.

---" ¡Oiga, gran jetón, muévase pa' po'er pasar! ¡Ni que'stuviera atornilla´o al suelo, ´igo yo...!"

Era una mujer extraordinariamente gorda que buscaba angustiosamente la salida en medio de tirones, razguños y apretones a sus charchas que le colgaban groseramente desde sus inmensos antebrazos. Usaba los codos para avanzar. Casi con dolor se aferró a una cuerda que corría por los costados del vehículo para terminar en una campana de bicicleta, en la otra punta. El hombre a su lado casi despareció por completo en medio de la carne blanca y transpirada de la gorda. Estaba desesperada porque el melenudo del chofer parecía tener toda la intención de pasarse de largo.

---" ¡Ay! Gran maricón...¡Pare'sta porquería!"gritaba.

---" ¡Qu'iubo señora! ¿Qué diántres le pasa?¡por la chita!" gritó angustiado el chofer.

---" Ya, pu´s gordita, cállese d'iuna vez", arremetió el ayudante infantil.

---"...¿Y come'i de bajar con este huailón atornilla´o en la pisa'era? ¡Aguántese un ratito siquiera, po!"...respondió la gorda secándose su sudor con la mano derecha mientras apretaba con fuerza una bolsa de papel café que llevaba bajo un seno.

Tratando de ayudarla, un hombre sentado sobre un cototo del banquillo al final de la micro, decidió dárselas de amable. Se medio levantó del asiento y tiró varias veces del cordel con la campanilla en la otra punta.

---" ¡Deje'l timbrecito tranquilo, pos ca'allero!", gritó el ayudante de chofer.

---" ¡Péguese la'lcachofa con la campanita el pije'e verde, si no quiere que lo saquen a pat'ás p'a juera...!" lo sentenció el conductor.

---" Ay, uón, mira como sufro, gran maricón!!" fué la respuesta inmediata.

---"Ca'allero del'ersueño"...se escuchaba por allí. Era el niño de atrás. Estaba muy cerca de la gordita y trataba de pasar por debajo de sus piernotas buscando un peso que  pareció divisar en las manos de un pasajero generoso y entretenido con lo que pasaba.

---" ¡Güendar con la vieja'e mierda esta! A l'orita que se le ocurre pasal, 'igo yo", gritó el niño protestando por lo difícil que se le hacía la tarea de recibir su limosna.

La gordota gritó casi con dolor.

---" ¡Ay!...¡Cabro´egenera'o...!"

El chofer empujó vigorosamente los frenos con todas sus ganas y la masa humana, dentro del vehículo, se fué de cabezas para adelante. Aprovechando el sacudón, el cantante salió rodando por entremedio de las piernas de la gorda y se lanzó a la calle pese a que el vehículo aún llevaba una velocidad relativamente peligrosa. Estaban acostumbrados y lo ejecutaban de la manera más simple, porque saltaban como de espaldas a la calle. No se hacían daño, por supuesto.

---"¡Gracias por el paseo!"dijo al salir.

---" ¡Ay! ¡Comunista! ¡Degenerado!..¡Saca la mano de ahí...gran sinvergueza!", dijo colocándose las uñas en sus labios y levantándose de un salto. Era un flaco afeminado, que estaba en la orilla izquierda del pasillo.

---" 'Ejeme pasar entonces, po' mijito", le dijo con voz reasbalosa un borracho semi parado en el asiento y al término de un hipo sonoro, con olor a vinagrera.  Mientras salía dificultosamente por entre las piernas del homosexual, se balanceó violentamente. Casi perdió el equilibrio cuando trataba de lamerle el cuello a una linda chica sentada femeninamente en el puesto siguiente. La chica se indignó y trató de demostrarlo con una agria cara de horror.

El vehículo se detuvo casi del todo.

Fué entónces cuando ambas puertas se vieron asaltadas por los que trataban de subir, sin dar tiempo a que los que bajaban. Entre ellos, venía un carabinero de tránsito con sus respectivos arneses indicando que estaba en servicio. En esos mismos momentos, el primero de los cantantes había llegado dificultosa y milagrosamente a la puerta trasera. Dió un codazo a la gordota que ahora se encontraba a varios metros de la cuneta y lanzó un grito de alarma para prevenir a su colega, de la presencia policial.

---" ¡Arranca uón que llegaron los pacos!"...y ambos desaparecieron como si el mismo diablo les hubiese correteado.

---" Aguáitame a los colá´os, José Luis!", ordenaba el chofer, empujando con fuerza el bastón de cambios y haciendo andar a saltos a la congestionada micro, como para confundir a los que esperaban en el siguiente paradero, un poco más allá. 

Habían llegado a la esquina de Alameda con Ahumada.
Finalmente el autobus se detuvo, pero con gran dificultad y rechinar de frenos secos.

De pronto, como si hubiese sonado una alarma especial, gran parte de los pasajeros se atosigaron en ambas puertas. Unos saltaron hacia la acera misma, otros descendieron con dificultad y despacio. El asunto fué que la micro quedó casi desocupada en cuestión de un minuto. Obviamente que era el último paradero para aquellos venidos al centro desde el Barrio Alto y sus sectores inmediatos.

Otro inmenso grupo de personas trató de invadir al autobus. Entraban sin consideración para con nadie, se peleaban los asientos disponibles en carrera desaforada que terminaba con el individuo sambulliéndose en el hueco. Daban codazos, piñizcones y todo ése tipo de empujones que solo los pasajeros santiaguinos saben dar.

En medio de éste maremagnum humano, se escuchó nuevamente aquella canción.

---"Ca'allero del'ersueño llevo plumas en l'esparda..." Era el primero de los chiquillos cantantes que regresaba a su segunda actuación.

....Y el vehículo trató de moverse dificultosamente entre quienes aún querían subirse a la micro. En ese preciso instante una niñita no mayor de 8 años gritó desaforadamente, implorando que el vehiculo se detuviese. Se veía más que desesperada.

---" ¡Ay! ¡Pare la micro chofer....! ¡Pare por Dios! ¡Mire que mi abuelita se quedó abajo...!" Gritaba con dolor y sincera angustia.

Ante tal escándalo infantil,  el ayudante del chofer se levantó del asiento y vió con cierto temor que una anciana se tomaba de la agarradera, tratando desesperadamente de poner su pié tembloroso en la pisadera. Ahora, trotaba con dolor en su cara y se aferrába dificultosamente al costado a la grasoza manilla.

---" ¡Ay!...¡Que se llevan a mi nietecita! Paren la micro bandidos...!" El autobus se detuvo de inmediato.

El chofer se levantó, se envolvió en excusas y ayudó cariñosamente a que la anciana entrase al vehículo. El suceso, aparentemente, le cambió la personalidad a todos. Era una emergencia. Era una anciana en peligro. Otros le ayudaron. Un jóven estudiante le ofreció su asiento, a ella y a su nieta. Todos aplaudieron a la pareja, la que se sentó un poco confudida aún por la extenuada aventura de aquel día.

Solo los personajes cambiaron y las escenas tomaron una faceta diferente Pero la violencia del conductor y la actitud de su ayudante...simplemente, permanecieron iguales. Y el microbus siguió en la segunda etapa de su largo recorrido final hacia La Pila del Ganso

Era como si nada hubiese sucedido en aquel maravilloso día primaveral. !Ah! Las cosas que pasaban en nuestro viejo Santiago de Chile!      

GRACIAS POR LA VISITA!

Le invito a leer otro de mis cuentos para chilenos.


Y ahora, entremos al maravilloso mundo de "LA MICRO AL CENTRO."
Recomiendenos a un amigo.
xt.

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LA MICRO AL CENTRO
       Relatos desde San Francisco, Ca., Estados Unidos.
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Un cuento original del periodista chileno
Joaquin Vergara Urrutia
Conozca al autor
Era el principio de la movilizacion colectiva en la capital chilena. Aquellos tiempos de confusion industrial, en la que los preopietarios de las micros solo pensaban en ganar dinero e ignorar las necesidades del cliente. Era una epoca de asientos rotos,  surcidos a mano, de grandes cototos y cuando la Direccion de Transporte Colectivos del Estado probaba troleibuses americanos o franceses, micros italianas, liebres alemanas, etc.,etc. Todo este panorama, adornado por los cantes populares y los pasajeros indignados por el trato indiferente del chofer, hace de LA MICRO AL CENTRO, un cuento divertido para quienes recuerdan la epoca y algo historico para la juventud chilena de hoy
RESUMEN